El Celeste Imperio

Un palacio de la memoria

Autor: jsingla

Deletreando el chino

Deletreando el chino

Aventuras y desventuras de un hombre humilde que hizo cosas muy grandes

 

El 14 de enero de 2017 murió un hombre de ciento once años y un día. Se llamaba Zhou Youguang (el apellido Zhou, que siempre va delante del nombre, se pronuncia jou, con j de John). La noticia pasó desapercibida, no salió en muchas teles, no fue trending topic en los foros de internet, no se espera que ningún alto mandatario asista a su funeral y, sin embargo, Zhou Youguang, economista, banquero, sinólogo y lingüista, fue uno de esos hombres que realmente cambian la historia.

Zhou Youguang había nacido el 13 de enero de 1906, en la provincia de Jiangsu. En 1923, el joven Zhou acabó el bachillerato con matrícula y se disponía a estudiar economía y cursos de lingüística en la universidad de St. John de Shang`haiv. Pero,  como su familia era pobre, a punto estuvo de no poder ir si no hubiera sido por un donativo de 200 yuanes que le hicieron amigos y parientes, 200 yuanes que, entonces no se sabía, cambiarían el mundo. Cuando el 30 de mayo de 1925, Chiang Kai-shek inició su cruzada anticomunista en Shang`haiv, Zhou fue transferido a la universidad de Guangzhu y allí pudo graduarse en economía en 1927. Nuestro hombre se casó en 1931 y se fue a la universidad de Kyoto, Japón, para estudiar con el profesor marxista Hajime Kawakami pero en 1933 tuvo que cambiar de planes porque el partido comunista fue ilegalizado y el profesor arrestado. Aquellos eran tiempos convulsos. En 1937 estalló la guerra chino-japonesa y Zhou volvió a Shang`haiv pies para que os quiero. Trabajó en el Sinhua Bank y, después, en el Ministerio de Economía del gobierno nacionalista en Chóngqìng (se pronuncia Chóngchìng) en la Oficina de Política Agraria. Con la derrota de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial, Zhou fue a Londres y a Nueva York y, en 1949, volvió a China lleno de esperanza por el nacimiento de la República Popular.

Zhou Youguang en los años 20.

La larga marcha a la romanización

Pero lo que haría especial a Zhou Youguang no fue ni la economía ni su carrera de banquero. En 1955, el gobierno de Mao Zedong lo puso al frente de un comité para la reforma de la lengua china con el objetivo de aumentar el grado de alfabetización de la población. El problema del chino es que no es un idioma alfabético sino ideográfico, es decir, que no hay relación entre lo que se escribe y lo que suena y, lo que es mucho más grave, que para escribir el chino no basta con aprenderse las 28 letras del alfabeto sino que hay que memorizar palabra por palabra. Los caracteres escritos del chino no representan sonidos sino significados, logos, ideas. Estos caracteres, las palabras escritas, se pueden agrupar por radicales, que son trazos o rayitas simples que forman parte del conjunto de trazos que forman todo el carácter y que tienen significados básicos como persona, agua, vegetal o agujero. Algunos caracteres también llevan insertados algún símbolo con cierta correspondencia fonética, como la sílaba ma, pero nada de eso nos salva de la mayor. A fin de cuentas, para escribir como un chino normal habremos de aprender de memoria unos 3.000 caracteres diferentes, cosa que es algo más difícil que saberse la grafía de nuestras 28 letras. La cosa no acaba ahí ya que, si queremos expresarnos de forma  culta, necesitaremos aprender 8.000 caracteres diferentes y, si vamos para eruditos, nos enfrentaremos a la ardua tarea de tener que conocer 28.000, que curiosamente son mil caracteres por cada letra de nuestro querido alfabeto. A esta dificultad milenaria se le añaden la guerra y la miseria y el resultado es que cuatro de cada cinco chinos eran analfabetos en 1950.

El comité de Zhou Youguang tenía que idear un sistema de romanización de la lengua china, esto es, poner los sonidos del chino en letras como las nuestras. Evidentemente no fueron los primeros que se lo propusieron, ni mucho menos. La romanización del chino tiene una larga historia. Entre los occidentales, el primer intento fue el de los jesuitas Mateo Ricci y Michele Ruggieri, que se pasaron el quinquenio 1583-1588 trabajando en un diccionario chino-portugués. Por esos azares de la vida, el manuscrito original se perdió entre los archivos de Roma y no se volvió a encontrar hasta 1934. Muy mala suerte. En 1626, Nicolas Trigault, otro jesuita, escribió una “Ayuda a los Ojos y Oídos de los Literatos del Oeste” y, en 1692, Francesco Vara escribió el “Vocabulario de Lengua Mandarina”. El mejor sistema occidental, referencia para los sinólogos de la primera mitad del siglo XX,  fue el Wade-Giles, preparado por el diplomático británico Thomas Wade en 1859 y revisado y mejorado por Herbert Giles, de ahí su nombre. La otra referencia occidental es el sistema Yale, aparecido en 1943 como encargo del gobierno de Roosevelt para mejorar la comunicación entre los militares americanos y sus aliados chinos en la guerra contra Japón. Evidentemente, los propios chinos también habían hecho sus intentos. El primero fue el Guoyeu Romatzyh, obra de los eruditos Zhuo Yuanren, Lin Yutang y Qian Xuantang. Después llegó el Latin Xua Sin Wenz de los comunistas chinos en la URSS de Stalin, incluyendo al célebre escritor Lu Xun. Otro intento es el BoPoMoFo de Taiwán, que no utiliza las letras occidentales.

 

El pinyin

El 10 de enero de 1958, Zhou Enlai declaró que tras tres años intentando crear un alfabeto no latino sin resultados satisfactorios, se adoptaría la alfabetización latina con el método hànyuv pinyin  (que en chino significa sonidos deletreados de la lengua china). “En el futuro utilizaremos el alfabeto latín para la alfabetización de las palabras chinas”.

La gracia del pinyin  es su simplicidad, el hacer fácil lo difícil (o lo imposible, si se piensa en lo que es escribir chino en el ordenador o en una máquina de escribir). Del sabio Confucio, que vivió hace 2.500 años, se dice que afirmaba ser capaz de explicar el concepto más complicado al más lego de los seres. Los hay que consideran que el saber y la cultura están sólo al alcance de las mentes privilegiadas, los escogidos, los egregios, los pioneros. Hay que deducir que los que hacen estas aseveraciones siempre se incluyen a sí mismos entre estos escogidos ya que, si no formasen parte de esta élite que entiende el arte y la sabiduría, ¿cómo sabrían entonces los requisitos necesarios que se necesitan para entenderlos? Confucio pensaba que esto no es así. Él creía que, con las oportunidades adecuadas, los muchos pueden aprender mucho y, afortunadamente, el financiero  Zhou le hizo caso.

Zhou Youguang en 1947.

Una primera dificultad de alfabetizar el chino es que los chinos hablan cantando, es decir, utilizan cuatro tonos. El pinyin y el Yale los representa con marcas diacríticas: – ’ v ` . El Wade-Giles con 1,2,3, y 4 y el Guoyeu Romatzyh añade terminaciones h, er, o cambia  u por w.  De forma intuitiva, el primer tono (-, a veces se omite esta tilde) es el de la pregunta implorante. Cuando has de decirle a un jefe malhumorado que… ¡horror! ¡No tengo el informe para hoy! Entras en el despacho contrito y, con voz que tiembla, preguntando, medio implorando, dices: “lo puedo presentar… mañana?”. Ese “na” de mañana es el primer tono. El segundo tono (‘) es el la insistencia. Un señor nos explica sus hazañas de juventud  y vemos vamos a perder el metro. ¿Te crees que yo hice todo eso tan increíble? Sí, sí. ¿Seguro? Siií. Mira que fue algo muy meritorio, ¿eh? ¿Seguro que lo has entendido bien? Siiií. Siiií. El segundo tono también es como reconocer una culpabilidad: sí, he sido yo. ¡Reconócelo! Siiií, siiií, fui yo. El tercer tono (v) se aplica a cuando alguien muy pesado hace una aseveración redundante. Sentados, medio dormidos, nos importa un pepino lo que ese está diciendo, y, sin prisa, resignados, asentimos pesadamente con la cabeza y decimos: YAaaAH, YAaaAH. El cuatro tono (`) es cuando a ese pesado le decimos adiós, justo antes de dar un portazo. Los tonos de pinyin son primero y primero, y pinyin se pone pinyin.

 

La segunda dificultad es que el chino tiene 36 sonidos básicos, no le basta con los 28 de nuestro alfabeto. Así, los sonidos ch y j (como en John) se desdoblan cada uno en dos, palatal y labial. Para solucionar esto, el pinyin pronuncia algunas de nuestras letras de una forma sui generis, y si no conocemos esa pronunciación sui generis, vienen los errores de bulto que hacen que parezca difícil. Sin embargo, solo con cuatro reglas, sólo cuatro, evitaremos los pufos de bulto. La primera regla es la c. En pinyin la escritura c suena como ts (Cáo Cao, el malo de la película Acantilado Rojo, se pronuncia Tsáotsao y no Kaokao). La segunda es la ch y q. En pinyin  la ch suena ch palatal, y la letra q se pronuncia como ch labial (así, la dinastía Qín se pronuncia Chín, ch labial, no Kin). La tercera excepción es que la j (de John) palatal se escribe Zh (China en chino es ZhongGuov  y suena Jonguov). La cuarta regla es que ui se pronuncia uei (Anhui, la provincia que es la patria del té chino Keemun, suena Anhuei, con h de Hans). El resultado todo esto es la simplicidad. El cáo cao es más simple que el ts’ao2 ts’ao1 del Wade-Giles, escribir Sìchuan más simple que Szechwan, Guovyuv Luomazi más que Guoyeu Romatzyh y Laovziv más que Lao3Tzu3. Esta simplicidad hizo que incluso Taiwan, la “provincia rebelde”, acabase adoptando el pinyin en sustitución de su querido BoPoMoFo.

Pero simplicidad no es saber menos y peor. Poner el saber al alcance del pueblo no implica que el saber deba adulterarse o devaluarse. Se trata de elevar el saber del pueblo, no de confundirnos todos en la ciénaga. En los años veinte, los comunistas chinos en Rusia, con la colaboración de escritores famosos como Lu Xun, propusieron el sistema Sin weiz. Tan sencillo quería ser el montaje que eliminaba los cuatro tonos, la x y h se escribían igual, y también querían eliminar la escritura ideográfica. Esto no puede ser porque hay demasiadas palabras que suenan igual y que tienen distinto significado y, evidentemente, distinta escritura en ideogramas. Este simplificar a costa de lo que sea tendría consecuencias ominosas pues decir flor y gorda se escribirían igual.

Zhou Youguang en 2012.

La esperanza bajo el Laodong

La Revolución Cultural instigada por Mao fue un ataque contra todo aquel que tuviera conocimientos suficientes para enseñar. Zhou Youvguang entraba dentro de este grupo criminal cuyo crimen era saber de algo y, por precaución, fue enviado a reeducarse por el trabajo (láodòng jiàoyǎng). Como las jornadas eran de doce horas diarias o más y las condiciones sanitarias deficientes, esta reeducación se llevó por delante a muchos de sus involuntarios alumnos. Zhou Youvguang llegó al campo de trabajo con más de 60 años pero, por arte de magia, sobrevivió a muchos compañeros, él diría que el optimismo era lo que lo mantuvo vivo. Con la muerte de Mao, Zhou Youvguang fue liberado de aprender por el trabajo y se le dio una plaza de profesor universitario. Desde entonces publicó libros de historia del lenguaje y defendió la idea de que las reformas económicas deberían i r acompañadas de esfuerzos democratizadores. Su posición ante los sucesos de la plaza Tianamen en 1989 tampoco le granjeó muchas simpatías gubernamentales.

Así murió en silencio nuestro hombre, el padre un sistema que ha ayudado entender el chino a miles de millones de seres humanos. Pocos jefes de estado alcanzarán nunca la influencia que tuvo Zhou Youvguang, aunque él, en reconocimiento a los anteriores intentos de romanización de chino, decía: “yo no soy el padre del pinyin, sino el hijo del pinyin”.

 

Tras las huellas de Mateo Ricci (2)

Tras las huellas de Mateo Ricci (2)
El arduo camino de la tolerancia

Shaozhou, sur de China, julio de 1592.
El padre Mateo Ricci despertó de súbito. Menudo estirón que había pegado el padre Martines.
–¡Oooh! Por poco me arrancas el brazo.
–Lo siento, padre Li Madou. Pero es que estamos en un peligro muy grande.
Li Madou era más fácil de pronunciar para los chinos que Ricci Mateo, con el apellido precediendo al nombre.
–¿Qué pasa, Martines?
El padre Francesco Martines, que antes se llamaba Huang Mingshao, era el novicio más fiel y devoto que pudiera haber. Su nombre era un homenaje a un padre muy querido ya fallecido.

Mateo Ricci

–Unos hombres malos han entrado en la Misión. El padre de Petris ha ido abajo a parlamentar con ellos.
–Pero, nuestros muros son… ¿Dejaste bien cerrado anoche, Martines?
Los muros de la Misión Jesuita en Shaozhou eran altos, tanto que levantaban suspicacias entre los lugareños.
–Yo mismo me aseguré de que todo quedase bien cerrado, padre Li Madou. Deben de haber trepado o…
–O, ¿qué?
–Que alguien les ha dado escaleras para trepar.
Puuum.
–¿Qué ha sido eso, Martines?
–Es la puerta del edificio.
–La puerta, sí.
–¿Entonces?
–Entonces es que están dentro, Martines.
Se oyeron golpes y quejidos. Alguien subia por la escalera.
–Son ellos, son ellos, padre Li. Vamos a morir.
La puerta se abrió de par en par. No eran malhechores. El padre de Petris se aguantaba medio inconsciente entre dos monjes legos. Llevaba la cabeza ensangrentada.
–Dos de los nuestros están muertos –dijo un lego.
Ya se los oía. La turba subía.
–¡Madre de Dios santísima!
Martines ponía cara de miedo. Todos la ponían. Había que mantener la calma y salvar a la gente.
–Iremos a la biblioteca por el pasillo largo. Es el punto más protegido.
Estaba oscuro.
–El sagrario, padre Li, el sagrario. ¿Voy, padre?
–No, Martines, no. Ahora debemos salvarnos nosotros.
Pasos de miedo. El pasillo no se acababa. Todos los padres, de uno en uno. Ya estaban dentro.
Justo al cerrar la puerta de la biblioteca, el pasillo se iluminó al fondo. Las teas de los intrusos perfilaban un reflejo siniestro en las paredes. Un bosque de palos agitados se acercaba como una furia maligna.
–¡Cerrad, pronto! ¡Atrancad la puerta con estas mesas!
Pum, pum.
–La puerta no aguantará mucho, padre Li.
–Estas mesas son ligeras. Martines, ayúdame a empujarlas. Las atrancaremos con esas sillas. Los otros, coged el mapa y el diccionario, y también los grabados que podáis. Salvad el diccionario primero.
Los monjes se llevaron al padre de Petris, el mapa y el diccionario por la puerta de detrás. Aquel era el primer diccionario chino – portugués del mundo. Los esfuerzos que había costado.
–¿Qué grabado cogemos, padre?
–El de Po-do-lo sobre las aguas. Ese grabado trae suerte.
–¿El qué? –preguntó un padre portugués nuevo en la Misión.
–Es Pedro andando sobre las aguas. Aquí San Pedro es Po-do-lo. Con él pude explicar…
Crac, pum. Un hacha reventó la parte superior de la puerta.
–!Oh, Dios mío!
— Martines, estos pliegos deben llegar al gobernador. ¡Asegúrate!
–Oh, padre Li. Esto que habéis escrito es muy bonito, una caligrafía muy bella.
–¿Te gusta? Es un tratado sobre la amistad.
Un trozo de puerta salió despedido rozando la cabeza.
–¡No hay tiempo, Martines! Llévate los papeles. Yo los aguantaré con la mesa.
Un hacha salió de entre los jirones de la puerta. El secuaz gateó por la mesa como un tigre.
–¡No! ¡Dios mío! Aaaahhh.
La sangre manaba por el tajo del brazo. Se veía el hueso.
–¡Yo no os dejo aquí, padre Li!
–¡Martines! ¡Los papeles! ¡Salva los papeles!
–Ya se los han llevado.
El pobre Martines interpuso su cuerpo como si fuera un parapeto. En su ceguera destructora, los atacantes no repararon en la túnica oscura del padre Martines.
–Aprovechemos ahora, Martines.
–Yo le ayudo, padre Li.
Tarde. El malhechor se detuvo y sonrió con malicia. Cogió su tea y las maderas y los papeles empezaron a arder, muy rápido. Humo. Ahogo. El fuego cortaba la salida. Martines corrió a la ventana y de un golpazo rompió los listones y la pantalla de celofán.
–¡Vamos padre Li, ahora o nunca!
–No, Martines, no.
Martínes cogió el brazo de su mentor y saltó al vacío.
–¡Aaagh!
–¿Padre Li?
–¡Me he roto el tobillo! Escápa tú.
–Que yo no lo dejo, padre Li.
Con mucho esfuerzo, el padre Martines agarró a su mentor y empezó a andar.
–¡Madre de Dios bendita!
Los asaltantes estaban ahí blandiendo sus palos.
–Corre por lo que más quieras, Martines.
–Yo no lo dejo, que lo matan.
Se acercaban lento, sabedores de que la presa estaba atrapada. Martines chilló como un poseído. Los gritos los hicieron dudar. Chilló más, y tanto chilló el padre Martines que los malhechores acabaron huyendo, seguramente porque temían que el escándalo atrajese a la patrulla de policía nocturna. Días después, el magistrado de la prefectura explicó que el ataque se debía a las suspicacias que levantaban esos muros tan altos de la misión. Los budistas decían que eso era la prueba de que la misión jesuita escondía secretos.
–Hay rumores de que conspiráis con los portugueses de Macao para invadirnos –dijo el magistrado–. Los budistas afirman que…
–No somos espías, honorable magistrado.
–Padre Li.
–No, no, magistrado dilecto. Somos monjes, solo monjes.
–¿En qué mundo estáis, padre Li Madou? Llevamos años de sequía. Hay unos bandidos a los que dirige un mago terrible. ¿Es que no sabéis que el general japonés Hideyoshi Toyotomi tiene planes para invadir Corea, y también China? Aun recuerdo las matanzas que hicieron los piratas y, para muchos, los portugueses son precisamente eso, piratas. La gente se cree lo que sea para sentirse más segura. Y si el culpable lo tienen confinado entre vuestros muros… pues eso, que ya saben dónde está y así se quedan tranquilos.
Nunca se encontró a los cabecillas de la turba que había atacado la misión. Eso sí, afortunadamente, los papeles se salvaron, incluido el primer diccionario chino – portugués de la historia, el mapa de Asia y el grabado de Po-do-lo. Eso sí, Mateo Ricci caminaría con una leve cojera el resto de su vida.

 

El palacio de la memoria
Mateo Ricci (Li Madou) nació en 1552 en Macerata, en la costa oriental italiana. En 1571, Ricci ingresó como novicio en la orden jesuita de Roma, donde recibió una amplia formación en teología, humanidades y ciencias. Después pasó cinco años de aprendizaje en Goa (India) y Macao.
Ricci llegó a China en 1583 y fijó su residencia en el próspero centro comercial y administrativo de Nanchang, provincia de Jiangxi. En 1595, cuando fue atacada la Misión, Ricci ya dominaba la lengua china, pudiendo leer quinientos ideogramas al azar y , a continuación, repetirlos en orden inverso. A finales de ese mismo año, Ricci mostró su confianza en sus recién estrenadas destrezas lingüísticas escribiendo, en ideogramas chinos, un libro de máximas sobre la amistad extraído de diversos autores clásicos y de los padres de la Iglesia. Presentó este manuscrito a Lu Wanghai, un príncipe de la casa de la dinastía Ming, que gobernaba China en esos tiempos. El príncipe letrado Lu Wanghai también vivía en Nanchang y ya le había invitado con frecuencia a los banquetes que daba en su palacio. Lu Wanghai era un hombre de valía, había superado los exámenes gubernamentales superiores con notas excelentes y había obrado con distinción en la administración judicial, financiera y militar. Ricci pretendía instruir en sus técnicas de estudio a una familia que estaba en la cúspide de la sociedad china. En sus inicios Ricci había impresionado ala elite de los letrados con su capacidad para predecir eclipses. Aprovechando esa ventaja, se propuso cosas mayores.

Mateo Ricci y la astronomía

En 1596, Mateo Ricci enseñó a los chinos a construir un palacio de la memoria. Las dimensiones del palacio dependían de cuanto se deseara recordar. Una sala pequeña, un pabellón, un edificio. Crear un espacio interno, un rincón en un pabellón, o un altar en un templo, o incluso un armario o un diván. Estos palacios, pabellones, divanes, eran estructuras mentales que había que retener en la cabeza, no objetos sólidos para construir materialmente. Tales lugares de la memoria podían extraerse de la realidad, objetos que se habían visto con los propios ojos y que se trajeran a la memoria; también podían ser totalmente ficticios, productos de la imaginación evocada; o podían ser mitad y mitad, como un edificio que se conociera perfectamente y a través de cuyo muro trasero se hiciera una puerta imaginaria o en medio del cual se creara una escalera mental que llevara a pisos superiores que no hubieran existido antes. El verdadero propósito de estas construcciones mentales era ofrecer espacios de almacenamiento para la míriada de conceptos que componen la suma del conocimiento humano. A cada cosa que queremos recordar le atribuimos una imagen y a cada una de estas imágenes le asignamos una posición donde pueda reposar en paz hasta que estemos preparados para recuperaría.
Los primeros palacios de la memoria se atribuyen al poeta griego Simónides y a Plinio el viejo. En general, los católicos fueron los que más creyeron en la memoria. Para Santo Tomás de Aquino los sistemas de memoria formaban parte de la ética en lugar de ser tan solo una parte de la retórica. El de Aquino consideraba la importancia de las imágenes de la memoria en forma corporal, para impedir que las corrientes espirituales abandonaran el alma. La memoria era un medio para ordenar las intenciones espirituales, para recordar el cielo y el infierno. No es casual el detalle de la descripción del infierno en la Divina Comedia de Dante. Ciertamente, la memoria también ha tenido sus detractores: Erasmo, Rabelais, Bacon y, recientemente, Montserrat Gomendio, ex-Secretaria de Estado de Educación y pareja sentimental del ex-ministro Wert.

Mateo Ricci con un letrado

Los peligros y la violencia
El mundo infantil de Ricci estuvo plagado de guerra y violencia. En las calles de su Macerata natal se mataban a tiros y, fuera de sus muros, los mercenarios desertores de las guerras del norte se unían en bandas que vagaban por el campo con total impunidad. También supo de la batalla de Lepanto (1571), Alcazarquivir (1578) o del terrible cerco español de Amberes (1585). Ricci dice: “Los miembros de la raza humana se causan la destrucción los unos a los otros: fabrican instrumentos sanguinarios con capacidad para cortar manos y pies, y separar las extremidades del torso (…) Hoy en día se piensa constantemente en técnicas nuevas y se sueña con formas de aumentar el daño que provocan.”
China, con ciudades en cuyo interior se prohibían las armas y con la jerarquía civil de los letrados situada por encima de la militar, fascinó a Ricci: “Mientras que entre nuestra gente, el más noble y valiente se convierte en soldado, en China es el más perverso y cobarde quién se ocupa de los asuntos de la guerra.” Para Ricci, los chinos era menos belicosos que los europeos. “Utilizan la pólvora no tanto para sus arcabuces, de los que tienen pocos, como para sus exhibiciones de fuegos artificiales.”
Pero aunque Ricci sedujera a los letrados, la violencia de la Macerata alborotada de su infancia siempre lo persiguió. En sus primeros años en China, lo obligaban a estar presente cuando se azotaba a las víctimas. Una vez cuidó con otro padre a un criminal al que le habían dado ochenta golpes. El reo murió un mes después. Ricci escribe: “Las víctimas son golpeadas en audiencia pública en la parte posterior de los muslos, tendidos en el suelo; son golpeadas con un palo de la madera más resistente posible, del grosor de un dedo, cuatro dedos de ancho, largo como dos brazos extendidos. Los administradores del castigo sujetan el palo con las dos manos y aplican gran fuerza, dando ora diez, ora veinte, ora treinta golpes, mostrando gran crueldad, tanta que con el primer golpe a menudo se llevan la piel, y con los demás golpes la carne, trozo a trozo, de lo que muchas personas mueren.”

Año 1605.
–¿Dónde está el padre Martines? –preguntó Ricci tras llegar de un viaje al interior.
–Lo detuvieron hace tres días, padre Li –dijo el lego.
–¿Qué ha hecho?
–Hay rumores de que los españoles quieren invadir China desde las Filipinas. Aquí se recuerda que hace dos años los españoles pasaron a veinte mil chinos a cuchillo en Manila.
–Pero el padre Martines…
–Se ve que lo denunció ese agustino, Michele Dos Santos. Al padre Martines le encontraron mapas y un libro en portugués. Lo consideran un espía.
–¡Dios bendito! Si se los di yo. ¡Vamos a la cárcel!
–Si padre, a usted los guardias le harán caso.
–Eso. Vamos a salvar al padre Martines.
El padre Francesco Martines murió de las palizas que recibió en el interrogatorio y Ricci lloró su muerte con amargura. Los chinos le decían que parecía viejo. “Vosotros me ponéis las canas”, les respondía. “Peligros frecuentes, peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblados, peligros por mar, peligros entre falsos hermanos.”
Mateo Ricci murió en 1610. Le fue concedido el privilegio de ser enterrado en suelo chino, y todavía reposa allí.

Tumba de Mateo Ricci en Beijing

PD. Este relato utiliza información del libro “El palacio de la memoria de Mateo Ricci”, Jonathan D. Spence, 2002.

Tras las huellas de Mateo Ricci (1)

Tras las huellas de Mateo Ricci (1)

El arduo camino de la tolerancia

 

Roma, año 1656 de nuestro señor.

El monje Francois Pallu y su compañero Lambert de la Motte seguían a monseñor Nickel por el bosque de los pasillos vaticanos. Pallu estaba ansioso, el hermano de la Motte no decía nada. Sabían que ese día marcaría el resto de sus vidas.

–Cuando entremos allí, no digáis nada –dijo monseñor Nickel.

Goschwin Nickel, el Superior de la Compañía de Jesus desde 1653, era un anciano de 74 años nacido en la fría Westfalia. En su larga vida había sufrido los horrores de la Guerra de los Treinta Años y la disputa con los jansenitas, de la que la Compañía había salido muy mal parada. Once años hacía que el Papa Inocencio X, presionado por los dominicos, los franciscanos, los agustinianos y los españoles, había decretado entonces que los ritos a los ancestros de ese catayano llamado Confucio eran contrarios al cristianismo. Las fortunas de la Compañía en Extremo Oriente habían sufrido mucho por esa prohibición.

Goschwin Nickel

El hermano Pallu sentía una gran pena en su corazón. Desde novicio, había admirado las andanzas del padre Ricci en Catay y había pasado años aprendiendo esos hermosos trazos de los catayanos con el diccionario de los padres Mateo Ricci y Michelle Ruggieri. La juventud pide ver mundo. Evangelizar a los gentiles de ultramar era una buena perspectiva pero, si la prohibición de los ritos no se levantaba, el viaje no sería posible.

Un hombre apareció en el umbral de la entrada. Vestía la toga cardenalicia con elegancia, con un cuerpo grácil, aunque rozaba la cincuentena.

–Su Santidad os espera.

–Y nos os agradecemos este encuentro, eminencia –contestó  el Superior Nickel. Era una sorpresa. El cardenal Antonio Barberini volvía a ser el Prefecto de la Sagrada Congregación de la Propagación de la Fe. El nuevo Papa  restituía el poder de la casa Barberini, postergada por Inocencio X. Se intuía allí la mano del cardenal Mazarino.

–Monseñor Nickel… –insistió Barberini.

–Oh, sí, sí.

Postrado en esa estancia cualquiera se sentía pequeño, y no era por el tamaño, sino por el lujo y las preciosidades que albergaba. Finos tapices en las paredes, oro labrado, maderas pulidas y unos candelabros más grandes que un hombre. Sólo uno tenía las velas encendidas.

–Exponed esta demanda vuestra, nos escuchamos, –le dijo Barberini al padre Nickel con voz suave pero apremiante.

Goschwin Nickel expuso con brevedad la conveniencia de considerar que los ritos de los ancestros de Confucio eran compatibles con la fe. El Superior de la Compañía de Jesús habló con tino y elocuencia pero sin saber a quién dirigirse. Una sombra estaba silenciosa en el rincón oscuro.

Antonio Barberini escuchó calmo mientras se mesaba el fino bigote que adornaba su atractivo rostro. La Sagrada Congregación de la Propagación de la Fe que volvía a dirigir tenía a su cargo la difusión de la doctrina católica por todo el orbe y cuidaba del rigor de las enseñanzas cristianas hacían allende los mares. Barberini también era arzobispo de Reims, un mecenas de las artes y un soldado.

Antonio Barberini

— Convendréis, padre Nickel, en que el visitador de la Compañía en Asia en tiempos del padre Ricci, Alessandro Valignano, fue un hombre de gran talento. Y Valignano decía que los indios son gente corrupta y sucia, incapaz de trabajar y ser de provecho. De los nipones de Cipango decía que son piratas y belicosos. La tragedia de Nagasaki confirma estas conclusiones. Veintiséis hermanos monjes crucificados. Seis décadas hace y ese dolor todavía resuena. Cipango se ha perdido. Entre tanta iniquidad, ¿por qué hemos de transigir con los catayanos?

–Catay es grande, eminencia, tan grande que la mente no lo puede concebir –respondió el Superior de la Compañía–. Sus ciudades son más populosas y limpias que las de Europa, con calles pavimentadas donde se prohíben las armas, sus gentes son doctas, sus viandas sabrosas y sus artefactos tienen mucha ciencia.

El padre Nickel había podido ver los últimos años del padre Ricci y podía transmitir parte de sus sentimientos.

–Esa tendencia a la cobardía la podrían aprovechar otros –respondió Barberini–. Tenemos noticias de que los españoles podrían plantearse invadir Catay desde Filipinas.

–Y sería una gran calamidad para ellos.

Barberini sonrió ladino.

–Si Catay es cristiana, los españoles no tendrán motivos –añadió Nickel. –. Era el sueño del padre Ricci.

–El padre Ricci, el padre Ricci –sonó una voz débil desde el rincón oscuro –. También nos hemos leído los prodigiosos hechos del padre Mateo Ricci.

Pudo verse entonces el rostro extremadamente pálido del Papa Alejandro VII, el Papa Fabio Chigi. Su frente ancha y redonda, de color hueso, era desproporcionada con unas mejillas enjutas acabadas en una perilla fina y gris.

–Os ruego disculpéis la vanidad de este siervo de Dios –respondió  apurado el padre Nickel.

Siguieron unos instantes de severo silencio. El superior de la Compañía estaba desconcertado. El Papa Fabio Chigi le daba miedo porque era un completo enigma. Goschwin Nickel era un sabio para quien todo debía tener una estructura lógica. En las disputaciones de la Compañía, nadie podía con la capacidad de argumentación de Nickel, pero el nuevo Papa –apenas llevaba un año en el puesto—lo desconcertaba. Del Papa Chigi decían que venía a regenerar la Madre Iglesia, que repudiaba el nepotismo y que era amante de la austeridad. Las malas lenguas decían que trabajaba en una sala llena de calaveras y que dormía en un lecho duro como el hierro. Pero el lujo de esa estancia y los favores que ya había otorgado a sus hermanos y a la casa de los Barberini indicaban que el nuevo pontífice era todo lo contrario de lo que se decía de él.

Decidme, estimado y bien apreciado monseñor Nickel, ¿por qué hemos de discutir acerca de una cuestión ya que se discutió hace tan solo once años?

–¿Santidad?

El Papa Ghigi se levantó y empezó a acariciar uno de los candelabros dorados.

–¿Acaso somos nos mejores que nuestros ilustres antecesores? ¿Acaso diremos ahora cosas más sabias que ellos?

–Hay creencias que estaban incompletas en el pasado. Las matemáticas no eran correctas antes de que llegase Euclides, y el de Aquinas vino a completar…

El Papa Chigi levantó la palma de su mano y Nickel calló.

–Decidme, padre Nickel. ¿Los astrónomos de la Compañía son doctos?

Una gota de sudor caía por la frente del Superior de la Compañía.

–Nos esforzamos.

–¿Qué pensáis de Copérnico, monseñor?

Por un momento Goschwin Nickel se quedó lívido. El hermano de la Motte hizo ademán de socorrerlo, pero el buen anciano se sobrepuso. Antes de ser el Papa Alejandro VII, Fabio Chigi había sido el Inquisidor de la Isla de Malta, la roca en medio del Mediterráneo, tierra de los caballeros hospitalarios de la Orden de San Juan, bastión de la resistencia contra el turco. El anciano Nickel tragó saliva y puso cara de resignación. Si la respuesta no era la adecuada, las consecuencias serían graves.

–Decidme, ¿Creéis que Copérnico estaba en lo cierto? ¿Creéis que la Tierra da vueltas alrededor del Sol?

–Dios no quiera que caigamos en semejante confusión –se apresuró a responder Nickel–. Está bien probado que la Tierra es el centro del universo.

El padre Nickel hizo un gran esfuerzo y se arrodilló ante los pies del pontífice. El Papa sonrió calmo:

–Entonces, si ya ha sido probado que Copérnico estaba errado, ¿por qué hemos de discutir algo que también está probado por nuestros antecesores?

–Santidad, este hombre que os habla es viejo y de pobre entendimiento. Sólo sabemos que la tolerancia del padre Ricci con los ritos chinos venía del amor. Porque nuestro hermano Mateo Ricci  amó a China y a sus gentes y llegó a lo más profundo de sus almas. Catay no es tierra de salvajes, no es tierra de gente sin fe. El padre Ricci se dio cuenta de que China es una sociedad avanzada, letrada y jerarquizada, a diferencia de lo que los europeos hemos visto en las otras indias. El padre Ricci aprendió que en China coexisten tres religiones que en muchos casos se complementan: el budismo, el confucianismo y el taoismo. Mateo Ricci supo ver que ninguna de estas religiones tiene una cosmología definida. El budismo no define la figura de un dios como el cristiano. El taoismo, que es la religión autóctona de China, dice que el Tao que puede ser hablado no es el Tao, que no se contradice con la afirmación nuestra de que Dios es el que es.  Por último, el confucianismo no es trascendente y muchos consideran que no es una religión sino más bien una regla del buen obrar. Ricci vio que la parte central de todos los ritos chinos era el culto a los ancestros, lo que para un cristiano es bueno. Para Ricci el  cristianismo completaba y daba coherencia a todo el entramado religioso de China. Tradujo la  palabra Dios como Tianzhu (señor de la Cielos en alfabetización pinyin).  Para el hermano Mateo Ricci, Dios completa la tradición milenaria de esa tierra. Nuestro hermano Ricci fue aceptado entre las élites de ese mundo lejano, y tanto lo apreciaron que incluso le dieron un pedazo de tierra para que pudiera descansar hasta el día del Juicio. Después, cuando nuestros hermanos Dominicos vinieron de Filipinas, se mezclaron con la gente y determinaron que los ritos a los ancestros eran paganos, las puertas se nos han cerrado. Nos venimos aquí a que volvamos a abrir esas puertas.

–Nos sabemos eso, monseñor, lo sabemos. Ahora dejadnos descansar.

–Sabréis pronto nuestra decisión, monseñor –añadió Antonio Barberini.

Goschwin Nickel salió acongojado de los aposentos papales. Pallu y su compañero de la Motte sabían que no había muchas esperanzas.

Papa Alejandro VII

Al cabo de tres meses, los hermanos de la Compañía Francois Pallu y Lambert de la Motte partían a Indochina con este mandato de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe:

“No actúes con celo, no saques argumentos para convencer a estas gentes de que cambien sus ritos, sus costumbres o sus usos, excepto si son evidentemente contrarias a la religión y a la moral. ¿Qué puede ser más absurdo que llevar Francia, España o Italia, o cualquier otro país europeo a la China? No les lleves nuestros países sino la Fé, una Fé que no repudia ni hiere los ritos o los usos de las gentes, siempre que no sean repugnantes, sino que los preserva y los protege.”

Ni Goschwin Nickel, ni Francois Pallu y Lambert de la Motte vivieron para ver la promulgación en China del edicto de Tolerancia de la Cristiandad.

Los europeos son muy callados, no provocan disturbios en las provincias, no dañan a nadie, no cometen crímenes y su doctrina no tiene nada que ver con las sectas del Imperio ni muestra tendencias sediciosas. Por eso nosotros decidimos que todos los templos dedicados al Señor del Cielo deben ser preservados y que debe permitirse entrar en ellos a todos los que quieran adorar a ese dios, para ofrecerle incienso y celebrar ceremonias de acuerdo con las antiguas costumbres de los cristianos. Por tanto decreto que no se les presente ninguna oposición.

Firmado, Kangxi, el Hijo del Cielo.

El edicto elevaba al cristianismo a un estatus de igualdad con el confucianismo. La tolerancia, que es muy diferente de la indiferencia, había dado un paso de gigante. Y el Papa Alejandro VII, decretó que Copernico tenía razón.

 

Kangxi, el Hijo del Cielo

Después todo se torció. Clemente XI volvió a decretar que las enseñanzas de Confucio iban contra la doctrina cristiana en 1705. El emperador Kangxi, cosmopolita y reformista pasó. Llegó el conservador Qienlong, China emprendió un triste camino de guerras, crueldad, decadencia y deshumanización.  Tras siglos de desencuentro, en 1939, Pio XII decretó que las enseñanzas confucianas y el culto a los ancestros eran compatibles con el catolicismo y el Vaticano II ratificó lo que ya había aprobado el papa Alejandro VII en 1656.