El Celeste Imperio

Un palacio de la memoria

Autor: Jordi Singla

La vida en un pendrive

La vida en un pendrive

Olvidamos el pasado y nos hacemos esclavos del presente

El inicio de esta historia es muy cotidiano. Los papeles apuran. El piso se queda pequeño. La familia se impacienta. !Mal marido! ¡Loco! Tienes el síndrome de Diógenes, de esos que no tiran nada. Un día se nos desplomará el suelo con tanto papel encima, ¡pobres vecinos! ¡Y matas árboles! Te estás convirtiendo en un enemigo público. ¡Te hemos de arreglar urgentemente! Hay un libro de autoayuda muy bueno que enseña cómo tirar cosas. ¿Otro libro? ¿Más papel? ¡No, no! ¡No lo compres! Tampoco lo conserves. Te lo dejan y después lo pasas. El maravilloso libro enseña como prepararse psicológicamente para decir adiós a la cosa que hay que tirar. La receta es poner las cosas alineadas como en orden de revista y a cada una se le dice con cariño: “te agradezco los servicios prestados pero ha llegado la hora del adiós”. Después, ¡qué bien está eso de hacer espacio en casa! Ya no soy un peligro público. ¡Oh, qué bien que estoy! Envío whatsApps a los amigos contando el gran éxito, y eso no ocupa espacio.

El viaje en el espacio, y en el tiempo

Pero adiós es una palabra terrible, abrupta, un punto y final, el pozo del olvido. ¿Y la historia? ¿Y escudriñar el pasado a través de objetos antiguos, de viejas fotos, de pequeños puntos de magia que nos permiten viajar en el tiempo? Hoy en día hay una enorme afición por el turismo, queremos movernos geográficamente, es decir, por el espacio. Vamos a la quinta puñeta del planeta, gastamos keroseno a mansalva pero, salvo unos twitts, apenas nos entendemos con esos de la quinta puñeta, no conocemos su historia, ni su cultura, ni lo que piensan ni lo que sienten. Contaminamos, invadimos y porfiamos hasta que lo exótico deja de ser exótico. El viaje espacial nos sienta mal y no nos enteramos. Y en cambio, con toda esa fiebre por viajar en el espacio, es curioso ver a qué pocos les interesa viajar por el tiempo y gozar del enorme potencial que nos ofrece. El tiempo es una excelente agencia de viajes. Y esto es así porque el paso del tiempo es un juez durísimo que lo pone todo en su sitio, nos separa el grano de la paja, nos dice lo qué se ha convertido en clásico y lo qué sólo fue una moda pasajera, es decir, descarta los destinos cutres. El tiempo y la historia nos señalan dónde otros se extraviaron. El viaje en el tiempo nos permite escarceos exóticos de verdad y el podernos ir por los cerros de Úbeda, que no está nada mal.

Pero nosotros, erre que erre, despreciamos el regalo de la posterioridad por carpetovetónico y trasnochado. No nos gusta el inmovilismo y decimos que la historia es aburrida. ¿John Lennon, aburrido? ¿Es inmovilista indagar en la historia de los años 30 del siglo XX y ver lo bien que rima con el presente? Eso no tiene nada de aburrido, más bien pone los pelos de punta. Ser un viajero del tiempo y explorar el pasado puede ser más emocionante que ir de astronauta por las galaxias, incluso si ese astronauta se llama Skywalker y pilota el Halcón Milenario.

 

Manhattan, New York, en 1914

El equivalente chino: distrito de Pudong, Shanghái, en 1912

 

Manhattan en 1931 y en 1630

 

Pudong, Shanghái, circa 1900

 

Las garras del presente

Viajar en el tiempo tiene, eso sí, una dificultad muy grande. Hay que ser osado y atreverse a romper la telaraña que nos ata al presente. Para empezar, tenemos toda esa miríada de twitts, whatsapps, mails o instagrams que no nos dejan nunca solos. Desconectar es muy difícil. La telaraña del presente también incluye a toda esa prensa endeudada que debe contentar a sus acreedores, naturalmente, con artículos escritos por estómagos agradecidos al que les paga. Y, para complicarlo un poco más, muchos de esos estómagos agradecidos tienen el verbo fácil y un pico de oro que convierte verdaderas sandeces en piezas literarias. Los que pagan también tienen expertos que son muy hábiles en encontrar maneras de agarrarnos en sus webs, o sea, sus redes. Incluso nos ponen reclamos como eso de los recuerdos de «ahora hace un año» que hay en Facebook o en Google. Ver las fotos del año pasado no está mal pero a la que nos descuidemos un poco vamos a acabar recordando lo que ellos quieren que recordemos. Desprenderse de todo esto cuesta lo suyo, ciertamente, y eso sin negar que todavía queda alguna prensa digna que hace su función y que parte de esta telaraña nos da ese calor del establo que a veces necesitamos para no sentirnos solos. Y, empero, aún sabiendo lo mucho que cuesta, qué bueno sería que de vez en cuando nos liberásemos del omnipresente presente y viéramos un poco de lo hay más allá, para variar.

El segundo impedimento para escapar del presente por un rato son nuestras propias capacidades. La imaginación y la intuición se nutren de los recuerdos que guardamos en la memoria pero, por desgracia, la memoria de uno es limitada y necesita de estímulos y de reclamos, de una pequeña chispa que ponga el motor en marcha para el despegue. Se trata de encontrar un objeto que nos haga evocar aquello que estaba escondido en lo más recóndito de nuestra mente, una vieja foto, un artículo de un periódico de hace veinte años, un manuscrito hallado en una botella… pero, ¡horror! Los trastos y los papeles viejos ya no están!, como no cabían… ¡Estamos amnesicos!, como Winston Smith en el «1984» de Orwell. Atrapado en la amnesia del presente. ¿Qué voy a hacer? ¡Ay de mí!

Afortunadamente, a diferencia de lo que le pasa al pobre Winston Smith en la lúgubre «1984», nosotros tenemos una esperanza. Últimamente nos están visitando unos alienígenas que se ponen por todos lados. Primero llegaron los samsungnianos, del planeta Samsungnio, del más recóndito oriente de la galaxia. A ellos se les añadieron los huaweianos, los xiaominianos y los legianos, después también llegaron los nexianos, del extremo occidental de la galaxia, los hay de muchas especies y planetas. Con todos esos marcianos hay que ir con sumo cuidado porque son ellos los que tejen muchas de las redes que nos agarran al presente. Pero, entre las tramas de sus redes, son ellos mismos quienes nos dan la oportunidad de escapar, eso es, de capturar el pasado, de digitalizarlo. ¡Qué cámaras! ¡Qué fotos! ¡Cuánta resolución! ¡Qué tarjetas SD! Y si hace falta más, un pendrive, que los hay de 250 gigas. Cierto es que para continuar nuestro viaje en el tiempo necesitaremos también un poco de gracia para organizar nuestra información. Es como en el cuento de Hansel y Gretel, hemos de dejar marcas en el camino para no perdernos. Y, cosa muy importante, esas marcas tienen que ser nuestras, nuestros directorios y nuestras clasificaciones sólo las podemos hacer nosotros mismos. Son las señas de nuestra ruta, nuestro mapa del tesoro. Que sean fáciles de seguir por otros, que sean lógicas, pero que sean las nuestras. Que no las hagan otros, otros como las aplicaciones de Apple, que esa es una telaraña muy grande y muy tupida, un Caribdis del que no se sale. Y si he digitalizado y si he guardado bien, entonces habré dejado atrás la telaraña y tendré el mundo el mundo en mis manos. El mundo, ¿qué digo? ¡Tendré el tiempo en mis manos!

Hansel marca el camino

 

CODULA: COntexto, DUrabilidad y Libre Albedrío

Una primera ventaja de eso que guardamos en fotos y en pdf es que se está quieto. Hemos congelado un punto del devenir espacio-tiempo, un pedazo de realidad que fue en su momento. Las fotos nos conservan las cosas en su salsa, en su contexto, al lado de las otras cosas que estaban a su lado cuando pasaron, los otros artículos y noticias del diario de ese día, en la foto de algo o de alguien también aparece a menudo la gente que pasaba por detrás, el paisaje. Una búsqueda inteligente en Internet es todo lo contrario, es como ir en avión, de origen a destino, rápida, eficiente, y directa, es decir, sin ver nada de lo que hay de por medio. La búsqueda de Internet o el viaje por avión es hacer como hace el Phileas Fogg de la Vuelta al Mundo en 80 Días de Julio Verne. El bueno de Phileas consiguió dar la vuelta al mundo en 80 días pero pasaba por el mundo sin levantar la vista de su juego de naipes. Pero el pdf y la foto son como el viaje por tierra, la otra forma de viajar, esa que hicieron Ibni Battuta y Marco Polo, el viaje por tierra pisa por todos los sitios y permite ver todo eso que hay entre origen y destino Ya lo dice Cavafis en su poema. No importa que Ítaca sea pobre cuando llegues, porque Ítaca te ha dado el viaje. El viaje y todo lo que has aprendido de él importa más que el destino.

Phileas Fogg

 

En segundo lugar tenemos la ventaja de la durabilidad. El tiempo envejece todo lo que pesa, nada se salva, el papel de reseca, las flores se marchitan, el líquido se corrompe, todos envejecemos y nos oxidamos poco a poco. El paso del tiempo nos borra inexorable, nos hace tenues y más tenues hasta que ya no existimos. Las arenas del tiempo lo cubren todo y, sin embargo, la foto digital en 0s y 1s permanece totalmente impoluta, como nueva. Ya lo decía el sabio Platón. La idea de perro es más real que cualquier perro que podamos encontrar por el camino. La vida de un perro es corta y cada perro, cono cada persona, tiene sus achaques, taras, defectos. Lo tangible envejece, se atenúa, se evapora, desaparece, es efímero. Pero lo intangible perdura. Y el mérito de Platón es que cuando dijo eso no había ni pendrives ni ordenadores.

Pero todavía hay una tercera cosa, tal vez, la que más importa, el libre albedrío, nuestra voluntad. El mundo de las ideas y de lo intangible es lo que no se ve y lo que no pesa y, por tanto, no está sujeto a las leyes físicas, es libre. El libre albedrío ya le preocupaba a Calderón de la Barca en «La vida es sueño». «Cuando más vivo menos libre soy» dice Segismundo, el personaje principal, preguntándose si no ponemos evitar nosotros lo que dicen los malos augurios. Desde entonces, y también desde mucho antes, está cuestión del libre albedrío ha preocupado a muchos. Modernamente se plasma en la discusión entre deterministas e indeterministas, o de los relojes y las nubes. Los deterministas dicen que la realidad es como un reloj mecánico, todo lo que pasa es porque hay algo que hace que pase de la forma exacta que tenía que pasar. No existe el más o menos, siempre hay una photo finish, el da lo mismo no existe porque entre dos números reales siempre hay otro, sólo se trata de añadir más decimales. Todo está determinado, como en un engranaje. Los deterministas creen que todo está determinado, que no hay azar. El azar y nuestra sensación de libertad, de poder escoger, es simplemente una falta de conocimiento. Esto se da de bofetadas con el individualismo subjetivista que impera en nuestros días. Es por eso que los indeterministas tienen cada vez más adeptos. Ellos no creen en relojes sino en nubes. Dicen que en el mundo cuántico y molecular sí que existe el azar puro. El aleteo de una mariposa en California puede provocar un maremoto en Hong Kong. Eso quiere decir que nuestro futuro no está determinado. La libertad obtiene al fin su victoria, pero sólo es una victoria aparente. Es una victoria fútil porque, a fin de cuentas, no decidimos nosotros sino los dados. La conclusión es desoladora. Nuestro tan apreciado libre albedrío es sólo eso: un puro azar. ¿Seguro?

Nafta, el pintoresco personaje que aparece en la «Montaña Mágica» de Thomas Mann, sostiene que el mundo es dual, es decir, existe lo material y lo otro. Ese otro es lo intangible, el espíritu, las ideas, los 0s y los 1s o como lo queramos llamar, como no se ve, cada es libre de denominarlo como quiera. Los 0s y 1s tienen una vida propia que escapa de las terribles leyes de la naturaleza. Las ideas son libres y nos proporcionan un ámbito donde el libre albedrío sí que existe. Queremos atrapar las ideas con la lógica, pero las musas siempre se nos escapan, son libres. Y es así como el pintoresco Nafta nos ha salvado la vida. El libre albedrío se refugia en lo inmaterial.

Pero hay un problema. ¿Y si se rompe el pendrive antes de hora? Imaginemos por un momento que el cuerpo de Beethoven es un pendrive. El tenía ya la novena sinfonía en la cabeza, codificada en 0s y 1s, recordemos que Beethoven es un pendrive. Si a Beethoven se le hubiera caído un piano encima antes de que escribiera la novena, entonces el pendrive se hubiera roto, o cortocircuitado, y nos hubiéramos quedado sin sinfonía. Eso también le hubiera podido pasar a Einstein, cuando su Relatividad Generalizada sólo estaba en su cabeza, o a Helmut Grimm, y no tendríamos Terrible Cenicienta ni Bella Durmiente ni Blancanieves ni Ratpunzel. Todo a la porra. Terrible.

Tal vez la solución sea enseñar, compartir… enviar WhatsApps. Eso sí, para compartir se debe tener algo que compartir, un cromo diferente al del otro, algo original. Sí venimos de un viaje en el tiempo, lo del WhatsApp será más interesante. Llegados aquí, sinceramente, no puedo decir más. Las dudas son muchas. Queda mucho por pensar.

¿El mundo está loco?

¿El mundo está loco?

La victoria de Donald Trump plantea muchas preguntas, y respuestas.

 

Matt Drayton (Spencer Tracy) dirige un periódico progresista en la también progresista San Francisco. Matt es un hombre de éxito y, como cada viernes por la tarde, llega a su hermosa casa a cambiarse de ropa para jugar al golf con un cura católico amigo suyo. Pero ese viernes Matt se encuentra con una sorpresa. Su esposa Christine (la Hepburn) y su hija Joanna, 23 años, andan muy excitadas. Joanna acaba de volver de un viaje en que ha conocido al hombre de su vida, un tal doctor John Prentice. La pareja irá a Suiza esa misma noche, y Joanna se va a casar con él. Aparece entonces el doctor John Prentice. El doctor Prentice (Sidney Poitier) es un hombre apuesto, de un aspecto impecable que contrasta con la pinta desastrada que en ese momento luce el viejo Matt, bajito, arrugado, las gafas torcidas y el cuello de la camisa mal puesto. Hay algo más: John Prentice es negro. Matt siempre ha defendido la igualdad racial en su periódico, eso no es problema, ¿o sí? Joanna es su hija, la niña de sus ojos. A Matt le empieza a parecer que todo es muy precipitado. Matt es un progre de toda la vida pero sabe muy bien que hay mucha gente con prejuicios que pondrá muchos problemas a la pareja. Entonces, el doctor Prentice añade todavía más presión sobre el pobre Matt ya que, en privado, le confiesa que, siendo él muy consciente de la adoración que Joanna tiene por su padre, la boda no se celebrará si Matt no da su bendición. El juicioso doctor entiende que la falta de apoyo de los padres de Joanna constituiría una dificultad insalvable. Joanna no sabe nada de esto, como tampoco sabe nada de las objeciones que están formándose en la mente de su padre.

Matt Drayton

Llega el cura católico y, cuando se entera de lo que pasa, se suma con más fervor si cabe al entusiasmo de madre e hija por el matrimonio interracial. A Matt le falta el aire. Tiene que hacer algo. Él es periodista, dirige un periódico. ¡Eso es! Debe averiguar quién es realmente ese advenedizo que pretende casarse con su hija. Si resultase ser un impostor, si no fuera el doctor que dice ser… ¡Oh, entonces todo estaría solucionado! Matt utiliza sus contactos. Hace unas llamadas y espera. Pronto se sabrá la verdad. Y la respuesta llega: John Prentice es como el Capitán Trueno y Superman juntos, con una lista de méritos interminable que le hace merecedor del Nobel de medicina, o el de la paz, o los dos a la vez. El taimado de Prentice es tan honesto que incluso ha dejado unas monedas por una llamada telefónica que ha hecho a sus padres. ¿Sus padres? Ciertamente. El señor y la señora Prentice también vendrán a cenar desde Los Angeles.

Christine

Matt no puede más. Sí, el doctor Prentice es el hombre que todo padre querría para su hija, la pega es que sigue siendo negro. Matt se ha vuelto conservador de golpe, se enfada con su mujer, riñe con su amigo cura, y lo peor de todo, tiene miedo de decirle lo que piensa a su propia hija. Matt no se reconoce. La llegada de los padres de John Prentice todavía añade más leña al fuego. John Prentice padre, hombre muy honesto pero de poca escuela, conservador de toda la vida, se opone a ese matrimonio interracial con mucha más convicción que Matt.

Dr. Prentice

Ahora y entonces

Adivina quién viene a Cenar (1967), dirigida por Stanley Kramer y escrita por William Rose, fue la última película de Spencer Tracy junto a Katherine Hepburn. Tracy moriría 17 días después de finalizar el rodaje. En ese no tan lejano 1967 había todavía 17 estados  de EE.UU. que prohibían explícitamente los matrimonios interraciales. El horno no estaba para bollos. El 4 de abril de 1968 sería asesinado el Rdo. Martin Luther King, activista por la igualdad de derechos para todas las razas, y el 6 de junio también caía de un disparo el candidato progresista a la presidencia de Estados Unidos Robert Kennedy.

 

Hoy en día todo a cambiado, todo es distinto, muy distinto de como era en 1967. Estados Unidos ya tuvieron en Barack Obama a su primer presidente negro, por dos legislaturas, de 2008 a 2016. Y  como sería de esperar, Barack Obama guarda un extraordinario parecido con idealizado doctor John Prentice de la película de Stanley Kramer, elegante, de verbo fácil y con principios elevados. Y su esposa Michele, abogada brillante y de buena presencia, es una versión femenina todavía más cercana al ideal si cabe. La cosa no acaba en los Obama. Dos de los candidatos republicanos más prominentes de la campaña presidencial de 2016 eran hijos de inmigrantes cubanos:  Ted Cruz , el guardián de las esencias conservadoras, y Marco Rubio, el preferido del establishment del Grand Old Party. Y tampoco hay que olvidar que el candidato demócrata era mujer: Hillary Clinton. La campaña presidencial de 2016 parecía disipar todas esas sombras, temores y prejuicios que se cernían sobre los Drayton y los Prentice de 1967. Sí, hoy en día, entre personas razonables, no se puede justificar la desigualdad por raza o sexo. Pero, ¿seguro que han cambiado las cosas?

 

Para empezar, ganó Donald Trump, varón blanco. ¿Seguro que es un mundo diferente? En EE.UU., muchas personas de color dirían que su situación no ha mejorado con los ocho años de Obama. Tienen razón.Los números cantan. Según datos de la Reserva Federal de 2016, un hogar de blancos tenía una riqueza neta mediana diez veces mayor que la de individuos negros, una diferencia mayor que en 2007, cuando Obama estaba al llegar. Esto nos lleva a pensar que las cosas han cambiado por arriba pero no por abajo. Donald Trump viene al rescate, y Marine Le Pen y Nigel Farage. Vienen a solucionarlo todo, y su solución utiliza un discurso contra el diferente que pone los pelos de punta, vaya, que volvemos a 1967 o a peor.

 

Ante esta situación, podemos formular una hipótesis atractiva. Los estadounidenses, y los ingleses, y los franceses, y muchos más, son unos chovinistas y unos racistas recalcitrantes. Los americanos blancos de ingresos bajos, sin mucha cultura y con poco talento, se han revelado y han propiciado la vuelta a los añorados privilegios de sexo y raza de los que gozaban en los años 50, época dorada en la que ellos cortaban el bacalao y el Ku Klux Klan campaba a sus anchas. Son un blanco fácil, pues queda muy bien ir contra esos individuos, pero que muy bien. En el oído de cada uno de esos indeseables debería sonar una vocecita que repite incansable: «te lo merecías, te lo merecías». El pensamiento calvinista que impera en EE.UU, y cada vez en más sitios, da al éxito económico un valor moral  Esto es terrible. El que es pobre por una discriminación de raza o de sexo, que aún las hay, sufrirá penuria pero al menos tendrá una justificación moral para ser pobre y se salvará de la hoguera. Pero fracasar en lo económico siendo blanco y varón no tiene ninguna justificación moral. Eres malo, no sólo incompetente sino malo, mala persona. Eso es terrible, los tentáculos audiovisuales y virtuales te harán sentir tu fracaso y tu penuria no importa donde te escondas. Una culpabilidad de la que no se puede escapar. Eres el malvado Caín del Génesis pero sin ni siquiera poder ir a esconderte al este del Edén, que allí también hay Internet. Y claro, el reconocer que se es tan malo lleva a la locura, por eso necesitamos tantos libros de autoayuda y tantas sesiones con el psicólogo. Pero, ¿son realmente tan abyectos esos estadounidenses que han votado a Donald Trump?

Dr. Prentice y Obama

Podríamos plantearnos una segunda hipótesis. Tal vez podría ser, sólo tal vez, que esa añoranza por los años 50 no fuera por los privilegios de raza o de sexo sino por el mundo que representaba la General Motors, ese mundo industrial de la seguridad, ese mundo en el que se fabricaban cosas tangibles, máquinas estupendas que le hacían a uno sentirse orgulloso de haberlas fabricado, un mundo de saber a qué atenerse, que permitía soñar con colocar a hijas e hijos en la universidad, un mundo en el que se tenía la certeza de poder pagar la hipoteca de la casa y de tener una jubilación digna. A esta incertidumbre se le añade la desigualdad. El país sale de la crisis, mejoran los cuadros macroeconómicos, pero yo sigo en precario. El barco de la economía ha sido duramente zarandeado por la Gran Recesión pero por fin endereza el rumbo a buena velocidad de crucero. Pero, ¡eh! ¡Que se han olvidado de mí! ¡Eh! !Que estoy aquí! Nadie oye. El barco se aleja y yo me quedo en el agua. Y la cosa es todavía más grave, mucho más grave, porque a la incertidumbre y a la desigualdad se añade un vamos a peor. En 2016, la consultora McKinsey publicó un informe en que constataba que muchas familias viven peor que en 2000. El informe constataba también un hecho muy significativo. La principal causa de insatisfacción no viene porque al vecino le vaya mejor, sino porque los padres ven que a sus hijos le va a ir peor que a ellos. Es decir, que los pobres y los fracasados no son envidiosos sino padres que se preocupan por sus hijos.

 

 

La pobreza es fea

En el cine, los desfavorecidos aparecen guapos y amables, merecedores de la mejor suerte. Tenemos a los israelitas esclavizados de los Diez Mandamientos de Cecil B. De Mille, que en 1956 eran más guapos, más listos y más simpáticos que sus oponentes egipcios  En los 70 encontrábamos a los esclavos negros de la televisiva serie Raíces, el noble Kunta Kinte y su  adorable descendiente encarnada por la Irene Cara que cantó Fame, muy superiores en moral y en méritos a sus degenerados amos blancos. Más recientemente, también tenemos al Leonardo di Caprio de Titanic, en 2000, tan pobre que no tiene para pagarse el viaje pero, eso sí, baila con más elegancia que cualquiera de los señoritos de la primera clase y se comporta como un héroe hasta el final. Y sin embargo, yo pienso que la pobreza es fea. La pobreza es fea y no puede ser de otra manera porque una peor situación socioeconómica trae por lo general una peor salud y un nivel más bajo de aprendizaje escolar, porque si no se come bien no se está sano, y si no hay para libros y buenos profesores, aprender es mucho más difícil. Los desfavorecidos no acostumbran a ser como el doctor John Prentice, sean del color que sean. Los John Prentice existen, y son admirables, pero excepcionales, escasos, una excepción. Cierto es que hubo genios y famosos que tuvieron orígenes humildes, de la misma manera que hay santos y héroes, pero son la excepción que confirma la regla, una ínfima minoría, por eso son santos y héroes. Originariamente, en la antigua Grecia, héroe significaba ser hijo de un dios y de un mortal, un semidios, lo que nos lleva a deducir que por muchas aventuras de alcoba que tuvieran los dioses olímpicos, los héroes eran casos raros.

The Ten Commandments (Vincent Price as Egyptian)

The Ten Commandments (Sephora – Yvonne de Carlo)

El comentarista político inglés Owen Jones denuncia en su libro “Chavs” la mala consideración social que tiene la gente trabajadora en la lengua inglesa de hoy en día. Son la plebe, el vulgo, la chusma (conjunto de gente grosera o vulgar, del griego kéleusma, canto acompasado del remero jefe para dirigir el movimiento de los remos). Hillary Clinton se refirió a los votantes de Trump como la mitad racista, machista y con todos los istas posibles. No se disculpó, sólo admitió que podían ser menos que la mitad. Y ese fue otro error. El 4 de marzo de ese año electoral de 2016, Edward Luce escribía en el Financial Times un artículo titulado “The new class warfare in America” donde también se hacía eco del desprecio que suscitaban los votantes de Trump, los blancos de ingresos bajos. El problema para Hillary es que la gente que se define de ingresos bajos había pasado del 33% en 2000 al 48% en 2015.

 

Apolo o Dionisos

Hoy en día nadie razonable niega el derecho al voto por razones de raza o sexo, pero, en cambio, se oye a menudo aquello de “cuando ves los energúmenos que andan sueltos, y piensas que esos también votan, uno duda de la democracia”. Nada nuevo bajo el sol. Este argumento ya era usado por las élites del siglo XIX para oponerse al sufragio universal. Inicialmente sólo votaban los terratenientes porque, si la chusma vota, sabe Dios lo que saldrá. En un programa de varietés de finales de los 70, la esposa de un diplomático estadounidense se descolgaba diciendo aquello tan típico de entonces de que la España de los 50 y 60 no estaba preparada para la democracia. ¿Y cuándo lo estará? Cierto que las mayorías también pueden equivocarse, esto ya lo hemos visto. ¿Tienen derecho a es equivocarse? No menos que las élites. Pero, ¿tiene derecho la gente enfadada a votar por un Donald Trump o una Marine Le Pen? No es de descartar que queden decepcionados, y muchos no podrán argumentar por qué votaron lo que votaron. Es el Apolo contra Dionisos, la lógica y la razón contra la otredad y lo indefinido. Barack Obama publicará unas memorias que seguro que estarán muy bien escritas, pulcras y apolíneas, pero a los desfavorecidos les importará poco. Al saberse el resultado electoral de las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos, Paul Ryan, el jefe de la mayoría republicana del Congreso, Apolo del establishment republicano más puro y acérrimo enemigo político de Trump, hizo una reflexión interesante: «tal vez Trump ha oído algo de la gente que nosotros no hemos oído.»

 

¿Es razonable oír a los irrazonables? No lo sé pero, visto el declive de la clase media, sí que sería muy razonable que los hombres razonables tuviesen empatía con la gente porque, si no, puede pasar que muchos de los que ahora todavía son razonables se vayan convirtiendo en irrazonables. A la gente no se la puede ignorar. Al final de la adaptación cinematográfica de John Ford de la novela de Steinbeck “Las Uvas de la Ira”, Ma Joad dice: “Los tipos ricos aparecen y desaparecen, también sus hijos. Pero nosotros seguimos caminando. Somos la gente que vive. No pueden acabar con nosotros ni aplastarnos. Nosotros saldremos siempre adelante, Pa, porque nosotros somos la gente”.

El Musashi

Acorazado Musashi, o de lo blando y lo duro

De antiguo se sabe que lo débil prevalece sobre lo fuerte

 

Borneo, 1 Octubre, 1944. El maquinista de primera Takeda Masahiro ‘Masa’ lleva días con la misma pesadilla. ¡Ansiedad! ¡Ahogo! ¡El corazón va a explotar! El clima de Borneo es insoportable. Trabajar en la panza del acorazado Musashi con ese calor y esa humedad es duro de narices.

—¿Otra vez lo mismo? —pregunta Takeshi.

—Sí, otra vez.

—Siempre hay una salida, Masa.

—En mi sueño, no.

—Ya verás que sí que la hay. Si las cosas fueran mal, ya nos harían subir.

—Pasa cada noche. Es un horror. Encerrado, aquí abajo, sin aire. Y esa puerta de acero que está dos niveles más arriba es tan gruesa, ¿sabes cuánto pesa?

—El ingeniero eres tú.

—Si se atrancase…

— Mira que eres pesimista, Masa. Esa puerta está para protegernos. ¿Por qué se ha de atrancar?  Ni con una granada te la cargas.

El bueno de Takeshi siempre tranquilizado al personal.

—A veces pienso…

—Tú piensas demasiado, ingeniero.

—He oído cosas

—¿Qué te han dicho?

—Podría ser… podría ser…

—Podría ser, ¿qué?

—Podría ser que la guerra no fuese tan bien como nos dicen. Llevamos ya tres años y…

—¡Calla! ¡Calla! Si lo dices otra vez yo no podría… Tal vez me viese obligado a…

—Tú eres bueno, Takeshi. Sabes que aquí abajo a la que uno piensa…

—¿Qué te han dicho?

—Se dice que en las Marianas perdimos el Taiho. Era el último.

Sólo se oye el rumor de las máquinas.

—Ya no nos quedan portaaviones, Takeshi. Ni portaaviones ni aviones.

Takeshi espera un momento. El rumor de las máquinas sigue incesante. Abajo nadie oye una conversación ajena si no clava oreja. Takeshi ya se lo ha pensado.

—Y, ¿qué? La flota de acorazados está intacta. Sólo perdimos el Mutsu, y no fueron los americanos.

—Eso demuestra que un acorazado también puede caer.

—Eso fue una explosión fortuita desde dentro —Takeshi busca aire con un suspiro—. Masa, Masa, ¿es que no sabes dónde estás?

—Aquí abajo, con setenta mil toneladas de acero por encima.

—Deberías sentirte afortunado, y orgulloso. En la Prince eras mecánico de coches, eras bueno y apuntabas alto, se sabe, los de arriba lo saben. Por eso estás aquí, en el Musashi, ¡el Musashi! Eres maquinista de primera en el barco de guerra más grande de todos los tiempos. Cuidas de nuestra madre, del corazón que la mueve. Y ella sabe que le eres fiel, le sacas más potencia a sus motores que los maquinistas de su gemelo Yamato.

—Bueno, yo…

—Aviones, portaaviones… va! Todavía no hemos entrado en combate de verdad. Cuando los americanos vean al Musashi, se van a cagar los pantalones. Nuestra madre nos protegerá. ¡Acorazado Musashi!

El acorazado Musashi, el segundo de la clase Yamato. 73.000 toneladas, 263 metros de eslora, 37 de manga, un puente de mando alto como tres edificios, una potencia de 150.000 caballos de vapor, y nueve cañones con una boca de 457mm de diámetro que pulverizan cualquier blanco a treinta kilómetros. Impresionante Musashi.

El Musashi desde proa

—Sí, Takeshi, ya sé que tienes razón.

—Eso, que con este calor sólo nos faltabas tú con tus agobios. Mira nuestros cañones y te tranquilizarás.

—Desde aquí abajo no los veo.

—Entonces, piensa en cómo les vamos a dejar el culo a los americanos. Tu eres listo, ingeniero. ¿Puedes pensar eso, no?

Risa.

Antes, antes del cambio, antes de la guerra, el bueno de Takeshi era abogado. Un día, a solas, confesó que para él sólo existen la ley y la lógica. La ley por encima de todo y números que cuadren. En la sala de máquinas del Musashi no valen las filosofías, es el infierno, se tardan 20 minutos en llegar a cubierta y ver el sol. Takeshi lo sabe y se adapta a su gente. Los principios son los mismos pero hay que simplificar. Cañones, acero, potencia, seguridad… ‘El Musashi es nuestra madre’ repite. ‘Las paredes de nuestro casco tienen 41 centímetros de espesor del mejor acero, ¿dónde estaríais mejor protegidos, eh? ¿eh?’ les repite una y otra vez a los chicos. El gobierno ha hecho bien en poner al comisario Takeshi en las máquinas. Él sabe subir la moral a los que cuidan del ‘corazón de la madre’.

—El nuevo comandante del Musashi Toshihira Inoguchi es un experto en fuego antiaéreo.

—Sí, Masa, ya lo sé. Y…

—Los aviones… eso es que los aviones les preocupan.

—El comandante Toshihira es un experto en muchas cosas, mejor que mejor, ¿no? —Takeshi mira a la concurrencia— Pero, a ver, ¿qué puede hacernos un avión aparte de cosquillas? Y, por contra, si lo roza una sola andanada del más pequeño de nuestros cañones, empieza a volar como una mosca que ha bebido sake. ¡Ja!

Ahora sí, las risas rechinan en el submundo metálico.

Toshihira Inoguchi

 

Operación Sho-I-Go.

13 de Octubre. El comandante Toshihira Inoguchi es ascendido a contralmirante.

—Ya lo decía yo —exclama el bueno de Takeshi—, ya os decía que es un tío competente. ¡Venga, a celebrarlo como se merece!

Todos rien. Takeshi sí que sabe hablar claro a los maquinistas, palabras llanas, sin tecnicismos jurídicos. Vierte generoso el sake que guardaba para la ocasión. Aquí abajo se celebran las cosas de arriba, los maquinistas tienen poco que celebrar.

El Musashi en 1944

18 de Octubre. Se aplica camuflaje negro en la cubierta. Algo se está preparando.

20 de Octubre. El Musashi se une a la fuerza A, con su gemelo el Yamato y el Nagato, bajo las órdenes del vicealmirante Kurita Takeo. Operación Sho-I-Go, operación victoria.

—Vamos a las Filipinas. Los americanos quieren desembarcar en Leyte —dice Takeshi a modo de confidencia.

—¿Leyte?

—El golfo de Leyte, ¿es que nos sabéis geografía, mastuerzos? Ay, ay, ay. ¡Las Filipinas!

Se oye el fuerte ronroneo de las turbinas.

—Ahora sí que les vamos a dar. En el 42, Kurita se enfrentó a americanos, ingleses, holandeses y australianos juntos. Y, ¿sabéis qué pasó? ¿Os acordáis de lo que pasó?

Ojos perlados, mejillas de hollín, miradas papanatas.

—Pues que no les dejó un sólo barco, eso es lo que pasó. Y, ¿sabéis cuántos perdimos nosotros?

El rumor de las turbinas por respuesta.

—Ninguno, no perdimos ninguno —exclama Takeshi con los brazos en alto—. Y ahora todavía será más fácil porque los americanos están solos. ¡A por ellos!

Hurras entre ruidos de máquinas.

Kurita Takeo

23 de Octubre. Estrecho de Palawan. ¡El Atago hundido! Ha sido un submarino.

—Los americanos son unos cobardes. Siempre atacan a escondidas.

—Era el buque insignia de Kurita.

—Sólo era un crucero. El Musashi es siete veces más grande. Y Kurita se ha salvado. Ahora está en el Yamato. A ver si lo pueden tocar allí.

El crucero Maya hundido. Llegan 796 marineros al Musashi.

—No pasa nada, bueno, sólo que la madre tiene ahora más hijos —bromea Takeshi.

24 de Octubre. Mar de Sibuyan.

07:43. El Musashi se sitúa a estribor de la Fuerza A.

El listo de Takeshi se ha hecho amigo de un tal Tomonaga. De lo más conveniente. Ese Tomonaga es uno de los enlaces de comunicaciones en el puente de mando, de los de arriba, y ha prometido que contará todo lo que vea. En máquinas se agradece mucho saber qué pasa arriba.

08:10. Dos Consolidated PB4Y Catalina de reconocimiento americanos.

—Hay aviones, Tomonaga me lo ha dicho por radio.

Aviones siniestros. En corazón en un puño.  Los compañeros no son conscientes del peligro, o no lo dicen.

—El pobre Tomonaga debe estar sordo allí arriba —bromea Takeshi. Todos ríen. La caldera no para.

10:28. Tomonaga otra vez. 40 aviones avistados.

10:28. ¡Son Curtis Helldivers! Bombarderos en picado.

Un rumor viene de proa. Incertidumbre.

Tomonaga lo confirma: una bomba ha caído en la torreta uno.

—El espesor allí es de 65 centímetros de acero, por eso apenas nos hemos dado cuenta —dice Takeshi.

El Musashi va a 24 nudos. Buena velocidad.

10:29. Tres torpederos Grumman Avenger.

Esta vez es estruendo es más fuerte. Los maquinistas se espantan.

Un torpedo ha explotado a estribor. El Musashi se escora. Se dejan entrar 3.000 toneladas de agua para equilibrar el buque.

—¡Dale más! Hemos de mantener la velocidad del resto de la flota.

24 nudos. Perfecto.

—Dos Avenger derribados —dice por radio Tomonaga.

—Un experto, ese comandante nuestro, ¡un experto! —Exclama Takeshi —y bien por Masa.

¡Masa! ¡Masa! ¡Maaaa-sa! La caldera a tope.

 

Ataque al Musashi

11:54. —¡Tomonaga dice que nuestro hidroavión ha detectado 40 aviones americanos! ¡Oh!

—Deja esa radio. ¡A trabajar!

—Están a 80 kilómetros.

—¡A trabajar!

11:57. ¡Más aviones!

—¡A trabajar!

12:03. ¡Ocho Helldivers! ¡Boom! ¡Boom!

—Han caído dos bombas de 500 libras en cubierta —dicen los que están justo por debajo de la puerta gruesa.

—Aquí estamos bien.

Y, ¿Tomonaga?

—La sala de motores 10 está ardiendo.

Silencio. Todos saben lo que eso significa. Pobres diablos.

La velocidad baja a 22 nudos.

Suficiente para poder seguir al resto de la flota. Eso es lo que importa.

¡Dos Helldivers derribados! ¡Bien!

Y eso es que… ¡Tomogana está vivo!

12:06. El segundo ataque continúa. ¡9 torpederos Avenger! Martillo-Yunque —dice Tomonaga.

—¿Qué es eso?

—Que nos atacan por los dos lados.

—Y, ¿qué?, tenemos antiaéreos en los dos lados —dice Takeshi.

Velocidad 22 nudos.

El Musashi atacado en el mar de Sibuyan

13:31. Tercer ataque. ¡Son 40 aviones! ¡Avenger y Helldivers! ¡Estruendo! ¡Fuego! ¡El Musashi tiembla!

—Nos han alcanzado cuatro torpedos. ¡Cuatro! ¡Y tres bombas en cubierta!

—¡Nada, estamos blindados! ¡Dad gracias a la puerta gruesa!

—¡Uno de los torpedos ha alcanzado el hospital de proa! Hay muchas víctimas.

13:50. Escora a estribor. La proa baja 13 pies.

—¡Dale a la caldera!

Velocidad 20 nudos. Vamos bien.

La proa inundada

14:12. Cuarto ataque. 12 Helldivers. Seguimos a 20 nudos. Tomonaga dice que el crucero Tone vendrá a apoyarnos.

—Bien, dice Takeshi.

14:55. Quinto ataque. ¡Han contado 67 aviones allí arriba! ¡Son del Franklin y del Enterprise!

—¡El Enterprise! —dice un maquinista veterano.

—¿Qué?

—Ese portaaviones es un diablo. No lo pudimos coger ni en Midway ni en Guadalcanal.

—Pues ahora se las va a ver con el Musashi —responde Takeshi enervado—. ¿Cuántos cañones, qué blindaje tiene el Enterprise, eh? ¡Una mierda, eso es lo que es!

—Qué bien que habla Takeshi —dice un operario joven.

¡Boom! ¡Boom! Cuatro bombas y tres torpedos. ¡El equipo de control de daños ha sido aniquilado! Pobres. Humo.  No se puede respirar. Huele a carne quemada. Tos.

—¿Velocidad?

—16 nudos.

15:25. Sexto ataque. ¡75 aviones! ¡No pueden tener tantos! Del Franklin, del Intrepid y del Cabot.

15:30. Bomba en el puente. 52 muertos.

—¿Y el comandante?

—Está herido pero sigue en el puente segundo.

—Hay esperanza, entonces.

No se puede respirar. Las paredes metálicas arden. Dos se han abrasado la espalda. No hay sanitarios. Sus gritos apenas se oyen. El olor a carne quemada da náusea.

Tres bombas en la sala de comunicaciones. ¡Tomonaga!

Dos bombas en las costillas estribor.

Una bomba en la cubierta de bandera.

Otra en el hospital. Allí no queda nadie vivo.

Otra en el cuarto de oficiales de estribor.

Tres torpedos a babor.

Compartimento de pólvora inundado.

Seis torpedos a babor.

Caldera 8. ¿Dónde están? ¡Abrasados!

El eje de la hélice está torcido. La madre ruge en sus entrañas.

¡La escora es de 15 grados!

—Hay que inundar.

—¡Queda gente abajo!

—¡Hay que inundar!

—¡Son maquinistas, de los nuestros!

—¡Inundar!

15:31. Se reduce la escora a 10 grados. Velocidad 6 nudos.

—¡La flota se va! ¡Kurita nos abandona!

—El Tone, el Shimakaze y el Kiyoshimo se quedan con nosotros!

—Dos Avenger derribados. ¡Pero ese ya no es Tomonaga!

No se puede respirar. Los compañeros se desvanecen.

16:27. ¡Todos a estribor!

—¿Eh?

—Hay que reducir la escora.

—¿Y los que no pueden andar?

—Se quedan. Ya vendremos después a por ellos, después.

19:15. La escora vuelve a ser de 12 grados.

¡Abandonar el barco!

 

Lo blando y lo duro

Un portaaviones es en esencia un hangar flotante con una pista de despegue por encima. Un portaaviones no tiene ni los cañones ni el blindaje de un acorazado, en un combate singular a distancia de tiro de cañón  no tendría ninguna oportunidad. Pero en la II Guerra Mundial, los «débiles» portaaviones fueron los dueños y señores de las anchuras del Pacífico, fueron el arma definitiva que relegó a los inútiles acorazados. Curiosamente, en la Batalla del Golfo de Leyte, por una serie de azares, los acorazados japoneses sorprendieron a los portaaviones de la 7a flota y, curiosamente, no aprovecharon la única oportunidad que tuvieron.

 

“Lo que se tiene que encoger, antes se debe estirar. Lo que se tiene que debilitar, antes se debe fortalecer. Lo que se tiene que derrocar, antes se debe instaurar. Aquel  que quiere recibir, debe empezar por dar. A esto se le llama atenuar la propia luz. Pero es así que lo blando vence a lo duro, y el débil al fuerte. Deja el pez en el fondo de su estanque, mejor que el estado guarde sus armas afiladas donde nadie las pueda ver.” 1

Los versos de  Lao Tse fueron escritos hace más de 2.000 años pero siempre son de actualidad. Lo blando vence a lo duro, y el débil al fuerte, y así la raíz de la flor resquebraja la dura piedra, y el muerto es duro y rígido y el recién nacido blando y suave. Y así la civilización pasó de la piedra al bronce, del bronce al hierro, del hierro al plástico y del plástico al software etéreo. El débil vence al fuerte, también en nuestros tiempos. Tú ya me entiendes.

 

¡Abandonar el barco!

—¿Y los de más abajo?

—Voy a buscarlos, dice Takeshi. Tú sube.

—Pero…

—Sube, Masa, tienes 20 minutos.

Gatos, palancas, martillazos… la puerta gruesa está atrancada.

El agua llega ala cintura. Los hombres pican con todo, les sangran las manos. Gimen de desesperación. Se ahogan.

Un estruendo. Oscuridad. Histeria. Sollozos.  Otro estruendo. Terrible. Las máquinas paran. El acero cruje siniestro. El corazón va a explotar. La pesadilla. Tercer estruendo. El techo se colapsa. Más agua. ¡Un boquete! ¡Un boquete!

 

El Musashi se hundió el 24 de octubre. Se rescataron 1.376 supervivientes, Takeda Masahiro llegó arriba, Takeshi, no. 1.023 tripulantes quedaron atrapados en el barco, incluido su capitán.

 

1 Tao Te Ching, atribuido a Lao Tse, traducción del Chino de Arthur Waley (libro: The way and its power). Traducción propia del inglés.

 

 

El conservadurismo

El conservadurismo

Una ideología triunfante a diseccionar

 

–Corren días locos, mi querido Winnie. Las palabras cambian tanto que al final no nos vamos a entender.

–¿Ah, sí?

–Ahora resulta que en Europa un liberal es de derechas y en Estados Unidos de izquierdas.

–Pero que muy de izquierdas, Franklin.

–Hombre, no tanto.

–¿Que no? Además, esos son los perdedores.

–Los liberales, ¿perdedores? ¿Cuáles, los de…?

–Sí, sí, perdedores. En nuestros tiempos tal vez fuera distinto pero debes entender que el futuro es de los conservadores. Esos sí que ganan.

–A ver, explícame eso.

–La victoria del conservadurismo se fraguó en los años 70 y 80 en nuestro mundo anglosajón y el colapso del comunismo fue el espaldarazo definitivo.

–Pero en estos últimos años, la Gran Recesión, los populismos, el capitalismo mismo se pone en tela de…

–Ja…

–Que se te atraganta el puro.

–¿El capitalismo en tela de juicio? Vas despistado, Franklin. A quiénes les va mal es a los progres tradicionales.

–Eh…

–¡Ja! ¿Te das cuenta? Progres y…  tradicionales, es que no cuadra. Así van de confundidos los pobrecillos.

–Va, toma un poco de tu Johnnie Walker, Winston. A ver si se te aclara la garganta.

Bocanada de puro espléndida, anunció de la perorata.

–Ya no estamos en los 30, mi buen Franklin. La victoria total está cerca. El conservadurismo triunfa por todos los lares. En Alemania gobierna impertérrito desde 2004; en Francia se yergue sobre el cadáver socialista y prepara el ánimo para empresas mayores; en Austria cabalga brioso a lomos de un líder joven; en España, a falta de uno, ya hay dos partidos alfa, conservadores, claro; en los Estados Unidos, el declive de la clase media y la desigualdad han traído a Donald Trump. Y si cambiamos de hemisferio, lo mismo. En el Japón, las décadas perdidas de la deflación no han traído otra cosa que el retorno del partido liberal democrático, el de toda la vida, y el premier Shimzo Abe visita el santuario de Yasukuni. China protesta porque dice que allí hay enterrados criminales de  guerra. ¡Ay, la China! Egrrr.

La nube brota magnífica del habano, un Romeo y Julieta Reserva Real.

–Egrrr. ¡Ay, la China! Xi Xinping impone su autoridad con mano de hierro y muchos ya ven una vuelta a las esencias de los tiempos de Mao. Conservadurismo comunista, amigo mío. Curioso, ¿no?, conservadurismo comunista, progres tradicionales. Sí tienes razón, Franklin, tiempos locos.

–Ya. Pero todos esos conservadurismos no son iguales. ¿Seguro que puedes llamarlos conservadores?

–No sé. Parece que tendremos que ver qué es lo que entendemos por conservador, ¿no te parece?

–Pues sí.

Photo: Harry Wad

Dos pistas insatisfactorias

–Nuestra primera indagación debe ser en el diccionario, Franklin. Para los filólogos de la RAE conservador es… dícese de una persona, de un partido, de un gobierno, etc. especialmente favorable a la continuidad en las formas de vida colectiva y adversa a los cambios bruscos o radicales. Y mis amigos de Cambridge dicen que es quien no gusta o desconfía del cambio, especialmente del cambio repentino y brusco. Edmund Burke firmaría esto, y ya sabes que Burke es el padre…

–No estoy de acuerdo, Winnie.

–¿Con quién, con el diccionario o con Burke?

–Con el diccionario y con tu arrogancia taxonomista.

–¿Ahora te metes con el diccionario?

–Sí.

–Creo que tus años de inactividad…

–Oooh, de esto se deduciría que conservadurismo es moderación, pero, ¿qué moderación ves en Trump? ¿Es suave el autoritarismo de Xi Xinping?  Convendrás en que esto plantea una duda razonable, Winston Leonard Spencer…

–¿Seguro, Franklin D.?

–Segurísimo, y te diré más, las palabras suenan a veces muy confusas. En el diccionario de papel, conservacionista queda muy cerca de conservador, suena parecido, y un conservacionista es un ecologista.

–Bueno, ahora hay ecologistas de derechas.

–Un tal Joan Serrat cantaba el desastre ecológico del mar y se preguntaba “donde están los sabios y los poderosos que se llaman, ay quién diría, conservadores”.

–Conservador, conservacionista. Un juego de palabras, se entiende.

–Lo que se entiende es que con esto del diccionario no basta.

–Pues busquemos en otro lado. Si no te gusta la árida taxonomía, probemos con lo sobrenatural. En mi época se decía, Dios, patria y rey.

–Winston, por favor.

–Conservador es quién tiene creencias, fe. La fe en el más allá inocula contra el ansia de cambio. De muy antiguo conservadurismo y fe van juntos. Ahí tienes los juicios de Dios del medievo, el fervor religioso contemporáneo de Estados Unidos que carga contra Darwin y las felicitaciones navideñas de Trump que vuelven a ser confesionales. Y mira en España.

–¿España?

–Un caso especial. Cuándo eran la reserva espiritual de Occidente hablaban de la cruzada contra masones, judíos y comunistas y en las pesetas españolas ponía “Franco, caudillo de España por la gracia de Dios”, y hoy todavía conservan la cruz gigante del Valle de los Caídos. Nada, que confesional es a conservador como ateo es a progre, Franklin.

–Claro, claro… Hace unos años fui a un seminario sobre Confucio.

–¿Eh?

Boca abierta, el puro rueda incendiario por el suelo.

–¡La alfombra!

Enciende otro Romeo y Julieta y esta vez sale una nube de filigrana.

–Ya está apagada, la alfombra.

–Te vas a ahogar con tanto cigarrote.

–¿Confucio, el sabio chino? ¿Y este a qué viene?

–Yo levanté la mano y dije lo que tú acabas de decir.

–Y bien dicho que dijiste, Franklin.

–«Está usted muy equivocado», respondió el conferenciante.

–Oh, ¿cómo pudo atreverse?

«Usted está prisionero del pequeño ámbito espacio-tiempo de la España del siglo XX».

–Pero en las pesetas decía…

«Viaje, hombre, viaje. Viaje en el tiempo y en el espacio y verá», me dijo.

–Y, ¿cómo se hace eso?

«En la antigua China –empezó muy calmo– las dinastías dependían del favor del Cielo, lo que guarda cierta similitud con lo del caudillo de España por la gracia de Dios. Pero le aseguro que eso de depender de la gracia del Cielo no es tan buen negocio como parece. La creencia en el más allá hace al poder terreno menos absoluto, más contingente. Al fin y al cabo debe usted considerar que, si el Cielo se enfada, adiós dinastía. Claro está que la dinastía gastaba importantes recursos en agenciarse buenos augures que interpretasen los eclipses y las tormentas de una forma conveniente para el que mandaba, pero eso de los augurios es arriesgado. El resultado es que esta dependencia del favor celeste hace que en la historia de la China haya muy pocas dinastías que lleguen a los 300 años y, sin embargo, en Japón, donde el Cielo importa bastante menos, la familia imperial lleva en el poder más de 2.600 años. Eso sí que es eternidad…divina”.

–Yo añadiría que esto también pasa en nuestros tiempos laicos.

–¡Pero, Franklin!

–Sí, sí. Hoy los pudientes financian a periódicos arruinados y les hacen decir lo que ellos quieren. Y muchos analistas, pensadores y escritores, que pasan mucha penuria los pobres, dirán lo que les hagan decir por un mendrugo. Hemos progresado, lo de los laicos es más sólido que lo de antaño pues ya no depende del geniecillo de la lluvia. ¿No criticabas tú al hombre del tiempo antes de cada batalla?

Esta vez el asombro es menor y el Romeo y Julieta aguanta en la boca.

–Interesante, Franklin, interesante.

–¿Vas al cine, Winston?

–Leo libros y tomo Johnnie Walker red label.

–En la película “Carros de Fuego”, el mediofondista escocés Eric Liddell no quiere correr en domingo por motivos religiosos. Ni el príncipe de Gales ni los lores lo convencen, Dios está por encima de la patria y el rey. Lo de “Carros de Fuego” es por el carro del profeta Isaías, el segundo Isaías que escribió el capítulo 40. Y yo te digo que nada hay más transgresor que el Isaías 40. «Las naciones son como gotas de agua en el caldero y son reputadas como polvillo en la balanza (…) Todos los pueblos son delante de Él como nada (…) Él torna en nada a los príncipes y en vanidad a los jueces de la tierra». Al poder terreno no le sienta bien compartir la autoridad con el más allá. La religión, que no la superstición, es un mal aliado del inmovilismo.

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La pista ilustrada

–Veo que eres difícil de convencer, Franklin D. Vayamos a los orígenes ilustrados del conservadurismo. Vayamos a Edmund Burke, el pensador inglés que criticó la Revolución Francesa y al que muchos consideran el padre del conservadurismo. Él define el conservadurismo en seis puntos. Uno, preponderancia a la libertad frente a la igualdad; dos, y casi como corolario, prefiere un gobierno pequeño, que interfiera lo mínimo en los asuntos de las personas; en tercer lugar está el patriotismo; en cuarto, el rechazo de la idea de progreso; en quinto, el elitismo y, en sexto, la aceptación de las instituciones y reglas establecidas.

–Sigue así, Winnie, que a lo mejor me convences.

–Si en el caso estadounidense diseccionamos el conservadurismo triunfante de los Reagan, Bush, Krystol o Ted Cruz por esta métrica, la sorpresa es que este conservadurismo de nuevo cuño tan sólo cumple los tres primeros puntos de Burke que, curiosamente, son los más atractivos y fáciles de vender. La libertad es más seductora que la igualdad porque todos queremos ser especiales y que nos dejen hacer las cosas a nuestra manera, que es la buena. Mínimo gobierno significa menos impuestos, sobran las explicaciones. En cuanto a lo de la patria, también es un valor seguro, al a vista está que eso de las banderas siempre tira en todas partes. Y tampoco es casualidad que el nuevo conservadurismo americano desdeñe las tres facetas menos atractivas. Para empezar no es elitista, al menos en las formas. El estilo de un Ronald Reagan, un George Bush junior o un Donald Trump es campechano. Tampoco reniega de la idea de progreso, ni mucho menos, ya que el crecimiento económico y el aumento del bienestar a largo plazo forman parte central del ideario. Y tampoco cumple con el sexto punto ya que, en cierto sentido es revolucionario. El capitalismo salvaje, sin tapujos, abomina las castas. Condoleezza Rice, Asesora de Seguridad Nacional y Secretaria de Estado con Bush fue un ejemplo para la minoría negra, porque el tanto tienes tanto vales relega al olvido la nobleza, la antigüedad y las canas. Visto así, se entiende el éxito de este conservadurismo, sólo coge la parte que vende.

–Sigue así, Winnie, pero date prisa que me ahogarás con este humo tuyo.

–Para encontrar un conservadurismo más integral y puro, más a la antigua usanza, ve a España, que estos cumplen la métrica de Burke al completo. El poeta Antonio Machado defendía el progreso cantando aquello de que “tiempos pasados nunca fueron mejores”. Poco caso le hicieron, murió en el exilio.

–Pero, Winnie, convendrás en que la métrica de conservadurismo de Burke se puede aplicar a todo lo que se mueva, incluso a nosotros mismos, ¿Cómos vas tú de conservadurismo, Winnie?

–Bueno, tampoco hace falta…

–Lo del progreso no lo rechazas y aunque eres duque y muy rancio, te gusta la gente. Y con las ideas establecidas, bueno, tú te cargaste muchas. Un tres de seis, justito. No eres tan conservador como pareces, Winnie.

La cortina de humo se hace densa de narices.

–Bueno, ejem…Y tu amigo Confucio –contraataca el inglés.

–Aquí no juzgamos a nadie, Winnie, es sólo una métrica.

–No, claro, Y, ¿Confucio?

–Pues empata con los americanos, tres de seis. Pero…

–Pero, ¿qué?

–Pues que precisamente cumple las tres que no cumplen los americanos. Es elitista, el pasado siempre fue mejor y, para hacer algo, siempre hay que mirar lo que se hacía de antiguo. Pero ni libertad sobre igualdad ni mínimo estado, y lo de patriotismo va de una forma muy sui generis.

–Entonces, Confucio es lo contrario de un neocon, Franklin Delano.

–¿Y ambos son conservadores?

–Pues…

–Ahora sí que vuelvo a estar confuso, Winnie.

–Bebe un poco, a ver si así.

–Con este humo, ya no puedo más.

Deletreando el chino

Deletreando el chino

Aventuras y desventuras de un hombre humilde que hizo cosas muy grandes

 

El 14 de enero de 2017 murió un hombre de ciento once años y un día. Se llamaba Zhou Youguang (el apellido Zhou, que siempre va delante del nombre, se pronuncia jou, con j de John). La noticia pasó desapercibida, no salió en muchas teles, no fue trending topic en los foros de internet, no se espera que ningún alto mandatario asista a su funeral y, sin embargo, Zhou Youguang, economista, banquero, sinólogo y lingüista, fue uno de esos hombres que realmente cambian la historia.

Zhou Youguang había nacido el 13 de enero de 1906, en la provincia de Jiangsu. En 1923, el joven Zhou acabó el bachillerato con matrícula y se disponía a estudiar economía y cursos de lingüística en la universidad de St. John de Shang`haiv. Pero,  como su familia era pobre, a punto estuvo de no poder ir si no hubiera sido por un donativo de 200 yuanes que le hicieron amigos y parientes, 200 yuanes que, entonces no se sabía, cambiarían el mundo. Cuando el 30 de mayo de 1925, Chiang Kai-shek inició su cruzada anticomunista en Shang`haiv, Zhou fue transferido a la universidad de Guangzhu y allí pudo graduarse en economía en 1927. Nuestro hombre se casó en 1931 y se fue a la universidad de Kyoto, Japón, para estudiar con el profesor marxista Hajime Kawakami pero en 1933 tuvo que cambiar de planes porque el partido comunista fue ilegalizado y el profesor arrestado. Aquellos eran tiempos convulsos. En 1937 estalló la guerra chino-japonesa y Zhou volvió a Shang`haiv pies para que os quiero. Trabajó en el Sinhua Bank y, después, en el Ministerio de Economía del gobierno nacionalista en Chóngqìng (se pronuncia Chóngchìng) en la Oficina de Política Agraria. Con la derrota de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial, Zhou fue a Londres y a Nueva York y, en 1949, volvió a China lleno de esperanza por el nacimiento de la República Popular.

Zhou Youguang en los años 20.

La larga marcha a la romanización

Pero lo que haría especial a Zhou Youguang no fue ni la economía ni su carrera de banquero. En 1955, el gobierno de Mao Zedong lo puso al frente de un comité para la reforma de la lengua china con el objetivo de aumentar el grado de alfabetización de la población. El problema del chino es que no es un idioma alfabético sino ideográfico, es decir, que no hay relación entre lo que se escribe y lo que suena y, lo que es mucho más grave, que para escribir el chino no basta con aprenderse las 28 letras del alfabeto sino que hay que memorizar palabra por palabra. Los caracteres escritos del chino no representan sonidos sino significados, logos, ideas. Estos caracteres, las palabras escritas, se pueden agrupar por radicales, que son trazos o rayitas simples que forman parte del conjunto de trazos que forman todo el carácter y que tienen significados básicos como persona, agua, vegetal o agujero. Algunos caracteres también llevan insertados algún símbolo con cierta correspondencia fonética, como la sílaba ma, pero nada de eso nos salva de la mayor. A fin de cuentas, para escribir como un chino normal habremos de aprender de memoria unos 3.000 caracteres diferentes, cosa que es algo más difícil que saberse la grafía de nuestras 28 letras. La cosa no acaba ahí ya que, si queremos expresarnos de forma  culta, necesitaremos aprender 8.000 caracteres diferentes y, si vamos para eruditos, nos enfrentaremos a la ardua tarea de tener que conocer 28.000, que curiosamente son mil caracteres por cada letra de nuestro querido alfabeto. A esta dificultad milenaria se le añaden la guerra y la miseria y el resultado es que cuatro de cada cinco chinos eran analfabetos en 1950.

El comité de Zhou Youguang tenía que idear un sistema de romanización de la lengua china, esto es, poner los sonidos del chino en letras como las nuestras. Evidentemente no fueron los primeros que se lo propusieron, ni mucho menos. La romanización del chino tiene una larga historia. Entre los occidentales, el primer intento fue el de los jesuitas Mateo Ricci y Michele Ruggieri, que se pasaron el quinquenio 1583-1588 trabajando en un diccionario chino-portugués. Por esos azares de la vida, el manuscrito original se perdió entre los archivos de Roma y no se volvió a encontrar hasta 1934. Muy mala suerte. En 1626, Nicolas Trigault, otro jesuita, escribió una “Ayuda a los Ojos y Oídos de los Literatos del Oeste” y, en 1692, Francesco Vara escribió el “Vocabulario de Lengua Mandarina”. El mejor sistema occidental, referencia para los sinólogos de la primera mitad del siglo XX,  fue el Wade-Giles, preparado por el diplomático británico Thomas Wade en 1859 y revisado y mejorado por Herbert Giles, de ahí su nombre. La otra referencia occidental es el sistema Yale, aparecido en 1943 como encargo del gobierno de Roosevelt para mejorar la comunicación entre los militares americanos y sus aliados chinos en la guerra contra Japón. Evidentemente, los propios chinos también habían hecho sus intentos. El primero fue el Guoyeu Romatzyh, obra de los eruditos Zhuo Yuanren, Lin Yutang y Qian Xuantang. Después llegó el Latin Xua Sin Wenz de los comunistas chinos en la URSS de Stalin, incluyendo al célebre escritor Lu Xun. Otro intento es el BoPoMoFo de Taiwán, que no utiliza las letras occidentales.

 

El pinyin

El 10 de enero de 1958, Zhou Enlai declaró que tras tres años intentando crear un alfabeto no latino sin resultados satisfactorios, se adoptaría la alfabetización latina con el método hànyuv pinyin  (que en chino significa sonidos deletreados de la lengua china). “En el futuro utilizaremos el alfabeto latín para la alfabetización de las palabras chinas”.

La gracia del pinyin  es su simplicidad, el hacer fácil lo difícil (o lo imposible, si se piensa en lo que es escribir chino en el ordenador o en una máquina de escribir). Del sabio Confucio, que vivió hace 2.500 años, se dice que afirmaba ser capaz de explicar el concepto más complicado al más lego de los seres. Los hay que consideran que el saber y la cultura están sólo al alcance de las mentes privilegiadas, los escogidos, los egregios, los pioneros. Hay que deducir que los que hacen estas aseveraciones siempre se incluyen a sí mismos entre estos escogidos ya que, si no formasen parte de esta élite que entiende el arte y la sabiduría, ¿cómo sabrían entonces los requisitos necesarios que se necesitan para entenderlos? Confucio pensaba que esto no es así. Él creía que, con las oportunidades adecuadas, los muchos pueden aprender mucho y, afortunadamente, el financiero  Zhou le hizo caso.

Zhou Youguang en 1947.

Una primera dificultad de alfabetizar el chino es que los chinos hablan cantando, es decir, utilizan cuatro tonos. El pinyin y el Yale los representa con marcas diacríticas: – ’ v ` . El Wade-Giles con 1,2,3, y 4 y el Guoyeu Romatzyh añade terminaciones h, er, o cambia  u por w.  De forma intuitiva, el primer tono (-, a veces se omite esta tilde) es el de la pregunta implorante. Cuando has de decirle a un jefe malhumorado que… ¡horror! ¡No tengo el informe para hoy! Entras en el despacho contrito y, con voz que tiembla, preguntando, medio implorando, dices: “lo puedo presentar… mañana?”. Ese “na” de mañana es el primer tono. El segundo tono (‘) es el la insistencia. Un señor nos explica sus hazañas de juventud  y vemos vamos a perder el metro. ¿Te crees que yo hice todo eso tan increíble? Sí, sí. ¿Seguro? Siií. Mira que fue algo muy meritorio, ¿eh? ¿Seguro que lo has entendido bien? Siiií. Siiií. El segundo tono también es como reconocer una culpabilidad: sí, he sido yo. ¡Reconócelo! Siiií, siiií, fui yo. El tercer tono (v) se aplica a cuando alguien muy pesado hace una aseveración redundante. Sentados, medio dormidos, nos importa un pepino lo que ese está diciendo, y, sin prisa, resignados, asentimos pesadamente con la cabeza y decimos: YAaaAH, YAaaAH. El cuatro tono (`) es cuando a ese pesado le decimos adiós, justo antes de dar un portazo. Los tonos de pinyin son primero y primero, y pinyin se pone pinyin.

 

La segunda dificultad es que el chino tiene 36 sonidos básicos, no le basta con los 28 de nuestro alfabeto. Así, los sonidos ch y j (como en John) se desdoblan cada uno en dos, palatal y labial. Para solucionar esto, el pinyin pronuncia algunas de nuestras letras de una forma sui generis, y si no conocemos esa pronunciación sui generis, vienen los errores de bulto que hacen que parezca difícil. Sin embargo, solo con cuatro reglas, sólo cuatro, evitaremos los pufos de bulto. La primera regla es la c. En pinyin la escritura c suena como ts (Cáo Cao, el malo de la película Acantilado Rojo, se pronuncia Tsáotsao y no Kaokao). La segunda es la ch y q. En pinyin  la ch suena ch palatal, y la letra q se pronuncia como ch labial (así, la dinastía Qín se pronuncia Chín, ch labial, no Kin). La tercera excepción es que la j (de John) palatal se escribe Zh (China en chino es ZhongGuov  y suena Jonguov). La cuarta regla es que ui se pronuncia uei (Anhui, la provincia que es la patria del té chino Keemun, suena Anhuei, con h de Hans). El resultado todo esto es la simplicidad. El cáo cao es más simple que el ts’ao2 ts’ao1 del Wade-Giles, escribir Sìchuan más simple que Szechwan, Guovyuv Luomazi más que Guoyeu Romatzyh y Laovziv más que Lao3Tzu3. Esta simplicidad hizo que incluso Taiwan, la “provincia rebelde”, acabase adoptando el pinyin en sustitución de su querido BoPoMoFo.

Pero simplicidad no es saber menos y peor. Poner el saber al alcance del pueblo no implica que el saber deba adulterarse o devaluarse. Se trata de elevar el saber del pueblo, no de confundirnos todos en la ciénaga. En los años veinte, los comunistas chinos en Rusia, con la colaboración de escritores famosos como Lu Xun, propusieron el sistema Sin weiz. Tan sencillo quería ser el montaje que eliminaba los cuatro tonos, la x y h se escribían igual, y también querían eliminar la escritura ideográfica. Esto no puede ser porque hay demasiadas palabras que suenan igual y que tienen distinto significado y, evidentemente, distinta escritura en ideogramas. Este simplificar a costa de lo que sea tendría consecuencias ominosas pues decir flor y gorda se escribirían igual.

Zhou Youguang en 2012.

La esperanza bajo el Laodong

La Revolución Cultural instigada por Mao fue un ataque contra todo aquel que tuviera conocimientos suficientes para enseñar. Zhou Youvguang entraba dentro de este grupo criminal cuyo crimen era saber de algo y, por precaución, fue enviado a reeducarse por el trabajo (láodòng jiàoyǎng). Como las jornadas eran de doce horas diarias o más y las condiciones sanitarias deficientes, esta reeducación se llevó por delante a muchos de sus involuntarios alumnos. Zhou Youvguang llegó al campo de trabajo con más de 60 años pero, por arte de magia, sobrevivió a muchos compañeros, él diría que el optimismo era lo que lo mantuvo vivo. Con la muerte de Mao, Zhou Youvguang fue liberado de aprender por el trabajo y se le dio una plaza de profesor universitario. Desde entonces publicó libros de historia del lenguaje y defendió la idea de que las reformas económicas deberían i r acompañadas de esfuerzos democratizadores. Su posición ante los sucesos de la plaza Tianamen en 1989 tampoco le granjeó muchas simpatías gubernamentales.

Así murió en silencio nuestro hombre, el padre un sistema que ha ayudado entender el chino a miles de millones de seres humanos. Pocos jefes de estado alcanzarán nunca la influencia que tuvo Zhou Youvguang, aunque él, en reconocimiento a los anteriores intentos de romanización de chino, decía: “yo no soy el padre del pinyin, sino el hijo del pinyin”.

 

Tras las huellas de Matteo Ricci (2)

Tras las huellas de Matteo Ricci (2)
El arduo camino de la tolerancia

Shaozhou, sur de China, julio de 1592.
El padre Matteo Ricci despertó de súbito. Menudo estirón que había pegado el padre Martines.
–¡Oooh! Por poco me arrancas el brazo.
–Lo siento, padre Li Madou. Pero es que estamos en un peligro muy grande.
Li Madou era más fácil de pronunciar para los chinos que Ricci Matteo, con el apellido precediendo al nombre.
–¿Qué pasa, Martines?
El padre Francesco Martines, que antes se llamaba Huang Mingshao, era el novicio más fiel y devoto que pudiera haber. Su nombre era un homenaje a un padre muy querido ya fallecido.

Matteo Ricci

–Unos hombres malos han entrado en la Misión. El padre de Petris ha ido abajo a parlamentar con ellos.
–Pero, nuestros muros son… ¿Dejaste bien cerrado anoche, Martines?
Los muros de la Misión Jesuita en Shaozhou eran altos, tanto que levantaban suspicacias entre los lugareños.
–Yo mismo me aseguré de que todo quedase bien cerrado, padre Li Madou. Deben de haber trepado o…
–O, ¿qué?
–Que alguien les ha dado escaleras para trepar.
Puuum.
–¿Qué ha sido eso, Martines?
–Es la puerta del edificio.
–La puerta, sí.
–¿Entonces?
–Entonces es que están dentro, Martines.
Se oyeron golpes y quejidos. Alguien subia por la escalera.
–Son ellos, son ellos, padre Li. Vamos a morir.
La puerta se abrió de par en par. No eran malhechores. El padre de Petris se aguantaba medio inconsciente entre dos monjes legos. Llevaba la cabeza ensangrentada.
–Dos de los nuestros están muertos –dijo un lego.
Ya se los oía. La turba subía.
–¡Madre de Dios santísima!
Martines ponía cara de miedo. Todos la ponían. Había que mantener la calma y salvar a la gente.
–Iremos a la biblioteca por el pasillo largo. Es el punto más protegido.
Estaba oscuro.
–El sagrario, padre Li, el sagrario. ¿Voy, padre?
–No, Martines, no. Ahora debemos salvarnos nosotros.
Pasos de miedo. El pasillo no se acababa. Todos los padres, de uno en uno. Ya estaban dentro.
Justo al cerrar la puerta de la biblioteca, el pasillo se iluminó al fondo. Las teas de los intrusos perfilaban un reflejo siniestro en las paredes. Un bosque de palos agitados se acercaba como una furia maligna.
–¡Cerrad, pronto! ¡Atrancad la puerta con estas mesas!
Pum, pum.
–La puerta no aguantará mucho, padre Li.
–Estas mesas son ligeras. Martines, ayúdame a empujarlas. Las atrancaremos con esas sillas. Los otros, coged el mapa y el diccionario, y también los grabados que podáis. Salvad el diccionario primero.
Los monjes se llevaron al padre de Petris, el mapa y el diccionario por la puerta de detrás. Aquel era el primer diccionario chino – portugués del mundo. Los esfuerzos que había costado.
–¿Qué grabado cogemos, padre?
–El de Po-do-lo sobre las aguas. Ese grabado trae suerte.
–¿El qué? –preguntó un padre portugués nuevo en la Misión.
–Es Pedro andando sobre las aguas. Aquí San Pedro es Po-do-lo. Con él pude explicar…
Crac, pum. Un hacha reventó la parte superior de la puerta.
–!Oh, Dios mío!
— Martines, estos pliegos deben llegar al gobernador. ¡Asegúrate!
–Oh, padre Li. Esto que habéis escrito es muy bonito, una caligrafía muy bella.
–¿Te gusta? Es un tratado sobre la amistad.
Un trozo de puerta salió despedido rozando la cabeza.
–¡No hay tiempo, Martines! Llévate los papeles. Yo los aguantaré con la mesa.
Un hacha salió de entre los jirones de la puerta. El secuaz gateó por la mesa como un tigre.
–¡No! ¡Dios mío! Aaaahhh.
La sangre manaba por el tajo del brazo. Se veía el hueso.
–¡Yo no os dejo aquí, padre Li!
–¡Martines! ¡Los papeles! ¡Salva los papeles!
–Ya se los han llevado.
El pobre Martines interpuso su cuerpo como si fuera un parapeto. En su ceguera destructora, los atacantes no repararon en la túnica oscura del padre Martines.
–Aprovechemos ahora, Martines.
–Yo le ayudo, padre Li.
Tarde. El malhechor se detuvo y sonrió con malicia. Cogió su tea y las maderas y los papeles empezaron a arder, muy rápido. Humo. Ahogo. El fuego cortaba la salida. Martines corrió a la ventana y de un golpazo rompió los listones y la pantalla de celofán.
–¡Vamos padre Li, ahora o nunca!
–No, Martines, no.
Martínes cogió el brazo de su mentor y saltó al vacío.
–¡Aaagh!
–¿Padre Li?
–¡Me he roto el tobillo! Escápa tú.
–Que yo no lo dejo, padre Li.
Con mucho esfuerzo, el padre Martines agarró a su mentor y empezó a andar.
–¡Madre de Dios bendita!
Los asaltantes estaban ahí blandiendo sus palos.
–Corre por lo que más quieras, Martines.
–Yo no lo dejo, que lo matan.
Se acercaban lento, sabedores de que la presa estaba atrapada. Martines chilló como un poseído. Los gritos los hicieron dudar. Chilló más, y tanto chilló el padre Martines que los malhechores acabaron huyendo, seguramente porque temían que el escándalo atrajese a la patrulla de policía nocturna. Días después, el magistrado de la prefectura explicó que el ataque se debía a las suspicacias que levantaban esos muros tan altos de la misión. Los budistas decían que eso era la prueba de que la misión jesuita escondía secretos.
–Hay rumores de que conspiráis con los portugueses de Macao para invadirnos –dijo el magistrado–. Los budistas afirman que…
–No somos espías, honorable magistrado.
–Padre Li.
–No, no, magistrado dilecto. Somos monjes, solo monjes.
–¿En qué mundo estáis, padre Li Madou? Llevamos años de sequía. Hay unos bandidos a los que dirige un mago terrible. ¿Es que no sabéis que el general japonés Hideyoshi Toyotomi tiene planes para invadir Corea, y también China? Aun recuerdo las matanzas que hicieron los piratas y, para muchos, los portugueses son precisamente eso, piratas. La gente se cree lo que sea para sentirse más segura. Y si el culpable lo tienen confinado entre vuestros muros… pues eso, que ya saben dónde está y así se quedan tranquilos.
Nunca se encontró a los cabecillas de la turba que había atacado la misión. Eso sí, afortunadamente, los papeles se salvaron, incluido el primer diccionario chino – portugués de la historia, el mapa de Asia y el grabado de Po-do-lo. Eso sí, Matteo Ricci caminaría con una leve cojera el resto de su vida.

 

El palacio de la memoria
Matteo Ricci (Li Madou) nació en 1552 en Macerata, en la costa oriental italiana. En 1571, Ricci ingresó como novicio en la orden jesuita de Roma, donde recibió una amplia formación en teología, humanidades y ciencias. Después pasó cinco años de aprendizaje en Goa (India) y Macao.
Ricci llegó a China en 1583 y fijó su residencia en el próspero centro comercial y administrativo de Nanchang, provincia de Jiangxi. En 1595, cuando fue atacada la Misión, Ricci ya dominaba la lengua china, pudiendo leer quinientos ideogramas al azar y , a continuación, repetirlos en orden inverso. A finales de ese mismo año, Ricci mostró su confianza en sus recién estrenadas destrezas lingüísticas escribiendo, en ideogramas chinos, un libro de máximas sobre la amistad extraído de diversos autores clásicos y de los padres de la Iglesia. Presentó este manuscrito a Lu Wanghai, un príncipe de la casa de la dinastía Ming, que gobernaba China en esos tiempos. El príncipe letrado Lu Wanghai también vivía en Nanchang y ya le había invitado con frecuencia a los banquetes que daba en su palacio. Lu Wanghai era un hombre de valía, había superado los exámenes gubernamentales superiores con notas excelentes y había obrado con distinción en la administración judicial, financiera y militar. Ricci pretendía instruir en sus técnicas de estudio a una familia que estaba en la cúspide de la sociedad china. En sus inicios Ricci había impresionado ala elite de los letrados con su capacidad para predecir eclipses. Aprovechando esa ventaja, se propuso cosas mayores.

Matteo Ricci y la astronomía

En 1596, Matteo Ricci enseñó a los chinos a construir un palacio de la memoria. Las dimensiones del palacio dependían de cuanto se deseara recordar. Una sala pequeña, un pabellón, un edificio. Crear un espacio interno, un rincón en un pabellón, o un altar en un templo, o incluso un armario o un diván. Estos palacios, pabellones, divanes, eran estructuras mentales que había que retener en la cabeza, no objetos sólidos para construir materialmente. Tales lugares de la memoria podían extraerse de la realidad, objetos que se habían visto con los propios ojos y que se trajeran a la memoria; también podían ser totalmente ficticios, productos de la imaginación evocada; o podían ser mitad y mitad, como un edificio que se conociera perfectamente y a través de cuyo muro trasero se hiciera una puerta imaginaria o en medio del cual se creara una escalera mental que llevara a pisos superiores que no hubieran existido antes. El verdadero propósito de estas construcciones mentales era ofrecer espacios de almacenamiento para la míriada de conceptos que componen la suma del conocimiento humano. A cada cosa que queremos recordar le atribuimos una imagen y a cada una de estas imágenes le asignamos una posición donde pueda reposar en paz hasta que estemos preparados para recuperaría.
Los primeros palacios de la memoria se atribuyen al poeta griego Simónides y a Plinio el viejo. En general, los católicos fueron los que más creyeron en la memoria. Para Santo Tomás de Aquino los sistemas de memoria formaban parte de la ética en lugar de ser tan solo una parte de la retórica. El de Aquino consideraba la importancia de las imágenes de la memoria en forma corporal, para impedir que las corrientes espirituales abandonaran el alma. La memoria era un medio para ordenar las intenciones espirituales, para recordar el cielo y el infierno. No es casual el detalle de la descripción del infierno en la Divina Comedia de Dante. Ciertamente, la memoria también ha tenido sus detractores: Erasmo, Rabelais, Bacon y, recientemente, Montserrat Gomendio, ex-Secretaria de Estado de Educación y pareja sentimental del ex-ministro Wert.

Matteo Ricci con un letrado

Los peligros y la violencia
El mundo infantil de Ricci estuvo plagado de guerra y violencia. En las calles de su Macerata natal se mataban a tiros y, fuera de sus muros, los mercenarios desertores de las guerras del norte se unían en bandas que vagaban por el campo con total impunidad. También supo de la batalla de Lepanto (1571), Alcazarquivir (1578) o del terrible cerco español de Amberes (1585). Ricci dice: “Los miembros de la raza humana se causan la destrucción los unos a los otros: fabrican instrumentos sanguinarios con capacidad para cortar manos y pies, y separar las extremidades del torso (…) Hoy en día se piensa constantemente en técnicas nuevas y se sueña con formas de aumentar el daño que provocan.”
China, con ciudades en cuyo interior se prohibían las armas y con la jerarquía civil de los letrados situada por encima de la militar, fascinó a Ricci: “Mientras que entre nuestra gente, el más noble y valiente se convierte en soldado, en China es el más perverso y cobarde quién se ocupa de los asuntos de la guerra.” Para Ricci, los chinos era menos belicosos que los europeos. “Utilizan la pólvora no tanto para sus arcabuces, de los que tienen pocos, como para sus exhibiciones de fuegos artificiales.”
Pero aunque Ricci sedujera a los letrados, la violencia de la Macerata alborotada de su infancia siempre lo persiguió. En sus primeros años en China, lo obligaban a estar presente cuando se azotaba a las víctimas. Una vez cuidó con otro padre a un criminal al que le habían dado ochenta golpes. El reo murió un mes después. Ricci escribe: “Las víctimas son golpeadas en audiencia pública en la parte posterior de los muslos, tendidos en el suelo; son golpeadas con un palo de la madera más resistente posible, del grosor de un dedo, cuatro dedos de ancho, largo como dos brazos extendidos. Los administradores del castigo sujetan el palo con las dos manos y aplican gran fuerza, dando ora diez, ora veinte, ora treinta golpes, mostrando gran crueldad, tanta que con el primer golpe a menudo se llevan la piel, y con los demás golpes la carne, trozo a trozo, de lo que muchas personas mueren.”

Año 1605.
–¿Dónde está el padre Martines? –preguntó Ricci tras llegar de un viaje al interior.
–Lo detuvieron hace tres días, padre Li –dijo el lego.
–¿Qué ha hecho?
–Hay rumores de que los españoles quieren invadir China desde las Filipinas. Aquí se recuerda que hace dos años los españoles pasaron a veinte mil chinos a cuchillo en Manila.
–Pero el padre Martines…
–Se ve que lo denunció ese agustino, Michele Dos Santos. Al padre Martines le encontraron mapas y un libro en portugués. Lo consideran un espía.
–¡Dios bendito! Si se los di yo. ¡Vamos a la cárcel!
–Si padre, a usted los guardias le harán caso.
–Eso. Vamos a salvar al padre Martines.
El padre Francesco Martines murió de las palizas que recibió en el interrogatorio y Ricci lloró su muerte con amargura. Los chinos le decían que parecía viejo. «Vosotros me ponéis las canas», les respondía. “Peligros frecuentes, peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblados, peligros por mar, peligros entre falsos hermanos.»
Mateo Ricci murió en 1610. Le fue concedido el privilegio de ser enterrado en suelo chino, y todavía reposa allí.

Tumba de Matteo Ricci en Beijing

PD. Este relato utiliza información del libro “El palacio de la memoria de Matteo Ricci”, Jonathan D. Spence, 2002.

Tras las huellas de Matteo Ricci (1)

Tras las huellas de Matteo Ricci (1)

El arduo camino de la tolerancia

 

Roma, año 1656 de nuestro señor.

El monje Francois Pallu y su compañero Lambert de la Motte seguían a monseñor Nickel por el bosque de los pasillos vaticanos. Pallu estaba ansioso, el hermano de la Motte no decía nada. Sabían que ese día marcaría el resto de sus vidas.

–Cuando entremos allí, no digáis nada –dijo monseñor Nickel.

Goschwin Nickel, el Superior de la Compañía de Jesus desde 1653, era un anciano de 74 años nacido en la fría Westfalia. En su larga vida había sufrido los horrores de la Guerra de los Treinta Años y la disputa con los jansenitas, de la que la Compañía había salido muy mal parada. Once años hacía que el Papa Inocencio X, presionado por los dominicos, los franciscanos, los agustinianos y los españoles, había decretado entonces que los ritos a los ancestros de ese catayano llamado Confucio eran contrarios al cristianismo. Las fortunas de la Compañía en Extremo Oriente habían sufrido mucho por esa prohibición.

Goschwin Nickel

El hermano Pallu sentía una gran pena en su corazón. Desde novicio, había admirado las andanzas del padre Ricci en Catay y había pasado años aprendiendo esos hermosos trazos de los catayanos con el diccionario de los padres Matteo Ricci y Michelle Ruggieri. La juventud pide ver mundo. Evangelizar a los gentiles de ultramar era una buena perspectiva pero, si la prohibición de los ritos no se levantaba, el viaje no sería posible.

Un hombre apareció en el umbral de la entrada. Vestía la toga cardenalicia con elegancia, con un cuerpo grácil, aunque rozaba la cincuentena.

–Su Santidad os espera.

–Y nos os agradecemos este encuentro, eminencia –contestó  el Superior Nickel. Era una sorpresa. El cardenal Antonio Barberini volvía a ser el Prefecto de la Sagrada Congregación de la Propagación de la Fe. El nuevo Papa  restituía el poder de la casa Barberini, postergada por Inocencio X. Se intuía allí la mano del cardenal Mazarino.

–Monseñor Nickel… –insistió Barberini.

–Oh, sí, sí.

Postrado en esa estancia cualquiera se sentía pequeño, y no era por el tamaño, sino por el lujo y las preciosidades que albergaba. Finos tapices en las paredes, oro labrado, maderas pulidas y unos candelabros más grandes que un hombre. Sólo uno tenía las velas encendidas.

–Exponed esta demanda vuestra, nos escuchamos, –le dijo Barberini al padre Nickel con voz suave pero apremiante.

Goschwin Nickel expuso con brevedad la conveniencia de considerar que los ritos de los ancestros de Confucio eran compatibles con la fe. El Superior de la Compañía de Jesús habló con tino y elocuencia pero sin saber a quién dirigirse. Una sombra estaba silenciosa en el rincón oscuro.

Antonio Barberini escuchó calmo mientras se mesaba el fino bigote que adornaba su atractivo rostro. La Sagrada Congregación de la Propagación de la Fe que volvía a dirigir tenía a su cargo la difusión de la doctrina católica por todo el orbe y cuidaba del rigor de las enseñanzas cristianas hacían allende los mares. Barberini también era arzobispo de Reims, un mecenas de las artes y un soldado.

Antonio Barberini

— Convendréis, padre Nickel, en que el visitador de la Compañía en Asia en tiempos del padre Ricci, Alessandro Valignano, fue un hombre de gran talento. Y Valignano decía que los indios son gente corrupta y sucia, incapaz de trabajar y ser de provecho. De los nipones de Cipango decía que son piratas y belicosos. La tragedia de Nagasaki confirma estas conclusiones. Veintiséis hermanos monjes crucificados. Seis décadas hace y ese dolor todavía resuena. Cipango se ha perdido. Entre tanta iniquidad, ¿por qué hemos de transigir con los catayanos?

–Catay es grande, eminencia, tan grande que la mente no lo puede concebir –respondió el Superior de la Compañía–. Sus ciudades son más populosas y limpias que las de Europa, con calles pavimentadas donde se prohíben las armas, sus gentes son doctas, sus viandas sabrosas y sus artefactos tienen mucha ciencia.

El padre Nickel había podido ver los últimos años del padre Ricci y podía transmitir parte de sus sentimientos.

–Esa tendencia a la cobardía la podrían aprovechar otros –respondió Barberini–. Tenemos noticias de que los españoles podrían plantearse invadir Catay desde Filipinas.

–Y sería una gran calamidad para ellos.

Barberini sonrió ladino.

–Si Catay es cristiana, los españoles no tendrán motivos –añadió Nickel. –. Era el sueño del padre Ricci.

–El padre Ricci, el padre Ricci –sonó una voz débil desde el rincón oscuro –. También nos hemos leído los prodigiosos hechos del padre Matteo Ricci.

Pudo verse entonces el rostro extremadamente pálido del Papa Alejandro VII, el Papa Fabio Chigi. Su frente ancha y redonda, de color hueso, era desproporcionada con unas mejillas enjutas acabadas en una perilla fina y gris.

–Os ruego disculpéis la vanidad de este siervo de Dios –respondió  apurado el padre Nickel.

Siguieron unos instantes de severo silencio. El superior de la Compañía estaba desconcertado. El Papa Fabio Chigi le daba miedo porque era un completo enigma. Goschwin Nickel era un sabio para quien todo debía tener una estructura lógica. En las disputaciones de la Compañía, nadie podía con la capacidad de argumentación de Nickel, pero el nuevo Papa –apenas llevaba un año en el puesto—lo desconcertaba. Del Papa Chigi decían que venía a regenerar la Madre Iglesia, que repudiaba el nepotismo y que era amante de la austeridad. Las malas lenguas decían que trabajaba en una sala llena de calaveras y que dormía en un lecho duro como el hierro. Pero el lujo de esa estancia y los favores que ya había otorgado a sus hermanos y a la casa de los Barberini indicaban que el nuevo pontífice era todo lo contrario de lo que se decía de él.

Decidme, estimado y bien apreciado monseñor Nickel, ¿por qué hemos de discutir acerca de una cuestión ya que se discutió hace tan solo once años?

–¿Santidad?

El Papa Ghigi se levantó y empezó a acariciar uno de los candelabros dorados.

–¿Acaso somos nos mejores que nuestros ilustres antecesores? ¿Acaso diremos ahora cosas más sabias que ellos?

–Hay creencias que estaban incompletas en el pasado. Las matemáticas no eran correctas antes de que llegase Euclides, y el de Aquinas vino a completar…

El Papa Chigi levantó la palma de su mano y Nickel calló.

–Decidme, padre Nickel. ¿Los astrónomos de la Compañía son doctos?

Una gota de sudor caía por la frente del Superior de la Compañía.

–Nos esforzamos.

–¿Qué pensáis de Copérnico, monseñor?

Por un momento Goschwin Nickel se quedó lívido. El hermano de la Motte hizo ademán de socorrerlo, pero el buen anciano se sobrepuso. Antes de ser el Papa Alejandro VII, Fabio Chigi había sido el Inquisidor de la Isla de Malta, la roca en medio del Mediterráneo, tierra de los caballeros hospitalarios de la Orden de San Juan, bastión de la resistencia contra el turco. El anciano Nickel tragó saliva y puso cara de resignación. Si la respuesta no era la adecuada, las consecuencias serían graves.

–Decidme, ¿Creéis que Copérnico estaba en lo cierto? ¿Creéis que la Tierra da vueltas alrededor del Sol?

–Dios no quiera que caigamos en semejante confusión –se apresuró a responder Nickel–. Está bien probado que la Tierra es el centro del universo.

El padre Nickel hizo un gran esfuerzo y se arrodilló ante los pies del pontífice. El Papa sonrió calmo:

–Entonces, si ya ha sido probado que Copérnico estaba errado, ¿por qué hemos de discutir algo que también está probado por nuestros antecesores?

–Santidad, este hombre que os habla es viejo y de pobre entendimiento. Sólo sabemos que la tolerancia del padre Ricci con los ritos chinos venía del amor. Porque nuestro hermano Matteo Ricci amó a China y a sus gentes y llegó a lo más profundo de sus almas. Catay no es tierra de salvajes, no es tierra de gente sin fe. El padre Ricci se dio cuenta de que China es una sociedad avanzada, letrada y jerarquizada, a diferencia de lo que los europeos hemos visto en las otras indias. El padre Ricci aprendió que en China coexisten tres religiones que en muchos casos se complementan: el budismo, el confucianismo y el taoismo. Matteo Ricci supo ver que ninguna de estas religiones tiene una cosmología definida. El budismo no define la figura de un dios como el cristiano. El taoismo, que es la religión autóctona de China, dice que el Tao que puede ser hablado no es el Tao, que no se contradice con la afirmación nuestra de que Dios es el que es.  Por último, el confucianismo no es trascendente y muchos consideran que no es una religión sino más bien una regla del buen obrar. Ricci vio que la parte central de todos los ritos chinos era el culto a los ancestros, lo que para un cristiano es bueno. Para Ricci el  cristianismo completaba y daba coherencia a todo el entramado religioso de China. Tradujo la  palabra Dios como Tianzhu (señor de la Cielos en alfabetización pinyin).  Para el hermano Matteo Ricci, Dios completa la tradición milenaria de esa tierra. Nuestro hermano Ricci fue aceptado entre las élites de ese mundo lejano, y tanto lo apreciaron que incluso le dieron un pedazo de tierra para que pudiera descansar hasta el día del Juicio. Después, cuando nuestros hermanos Dominicos vinieron de Filipinas, se mezclaron con la gente y determinaron que los ritos a los ancestros eran paganos, las puertas se nos han cerrado. Nos venimos aquí a que volvamos a abrir esas puertas.

–Nos sabemos eso, monseñor, lo sabemos. Ahora dejadnos descansar.

–Sabréis pronto nuestra decisión, monseñor –añadió Antonio Barberini.

Goschwin Nickel salió acongojado de los aposentos papales. Pallu y su compañero de la Motte sabían que no había muchas esperanzas.

Papa Alejandro VII

Al cabo de tres meses, los hermanos de la Compañía Francois Pallu y Lambert de la Motte partían a Indochina con este mandato de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe:

“No actúes con celo, no saques argumentos para convencer a estas gentes de que cambien sus ritos, sus costumbres o sus usos, excepto si son evidentemente contrarias a la religión y a la moral. ¿Qué puede ser más absurdo que llevar Francia, España o Italia, o cualquier otro país europeo a la China? No les lleves nuestros países sino la Fé, una Fé que no repudia ni hiere los ritos o los usos de las gentes, siempre que no sean repugnantes, sino que los preserva y los protege.”

Ni Goschwin Nickel, ni Francois Pallu y Lambert de la Motte vivieron para ver la promulgación en China del edicto de Tolerancia de la Cristiandad.

Los europeos son muy callados, no provocan disturbios en las provincias, no dañan a nadie, no cometen crímenes y su doctrina no tiene nada que ver con las sectas del Imperio ni muestra tendencias sediciosas. Por eso nosotros decidimos que todos los templos dedicados al Señor del Cielo deben ser preservados y que debe permitirse entrar en ellos a todos los que quieran adorar a ese dios, para ofrecerle incienso y celebrar ceremonias de acuerdo con las antiguas costumbres de los cristianos. Por tanto decreto que no se les presente ninguna oposición.

Firmado, Kangxi, el Hijo del Cielo.

El edicto elevaba al cristianismo a un estatus de igualdad con el confucianismo. La tolerancia, que es muy diferente de la indiferencia, había dado un paso de gigante. Y el Papa Alejandro VII, decretó que Copernico tenía razón.

 

Kangxi, el Hijo del Cielo

Después todo se torció. Clemente XI volvió a decretar que las enseñanzas de Confucio iban contra la doctrina cristiana en 1705. El emperador Kangxi, cosmopolita y reformista pasó. Llegó el conservador Qienlong, China emprendió un triste camino de guerras, crueldad, decadencia y deshumanización.  Tras siglos de desencuentro, en 1939, Pio XII decretó que las enseñanzas confucianas y el culto a los ancestros eran compatibles con el catolicismo y el Vaticano II ratificó lo que ya había aprobado el papa Alejandro VII en 1656.